jueves, 4 de diciembre de 2014

Viaje para encontrarla...



Esta historia tiene varios preámbulos, no sólo por la intensa naturaleza de la vivencia misma, sino porque también enmarca, desde muchas perspectivas, mi visión política de la vida, del mundo y del ser humano. Es la historia del nacimiento de mi bebé Anna.

El primero de los preámbulos tiene que ver la confrontación personal que tengo sobre la forma en la que la medicina occidental aborda las intervenciones que le competen y por ende el nacimiento. Al pensar en ello lo relaciono algo que me sucedió los primeros días de la gestación con otra historia que se remonta casi 8 años atrás y es la siguiente: el día que Leo y yo vimos que el "tablerito" de la prueba casera mostraba dos líneas decidimos ir a una institución médica para realizarnos una prueba de sangre que confirmara nuestro estado. Una vez allí pude ver una habitación llena de equipos médicos, entre ellos recuerdo haber centrado mi atención en el soporte metálico que sostiene la solución salina o suero cuando está conectado intravenosamente al paciente, al ver esta imagen pensé en el parto e inmediatamente me mareé, tuve que sentarme teniendo claro, en silencio y sin nombrarle nada a Leo, que no quería un parto en asistido como lo hace la medicina tradicional. Mi decisión se amparaba en el conocimiento del proceso atravesado por mi cuñada durante su embarazo dos años atrás, con ella supe lo que era un parto respetado y esa era la opción que yo quería considerar, ¿por qué? porque no sólo las historias de parto que he escuchado de otras mujeres sino mi propia relación con intervenciones médicas previas al embarazo, están cargadas de recuerdos en los que no se tiene en cuenta al paciente, sino que se le interviene sin siquiera preguntar su posición ni se le informa sobre los procedimientos de los que está siendo presa. Yo misma viví esta despersonalización cuando tuve un accidente en motocicleta, hace casi ocho años, y tuve que discutir con el médico encargado de mi caso porque se veía, según él, "saturado" con mis preguntas acerca de lo que sucedía con mi cuerpo y sobre los procedimientos que él realizaba sin decirme nada.

El segundo es un planteamiento tiene que ver con mi concepción de humanidad ya que, amparada en el preámbulo anterior, considero que la medicina occidental atenta (de formas sutiles y no tan sutiles) contra los seres humanos en el momento de nacer (aunque de aquí puede surgir otra disertación biennn laaaarga). Para poder pensar en un parto sin morirme de terror me era necesario visualizarlo considerando que los protagonistas del proceso seríamos, mi esposo, mi bebé y yo (ella sobre todo) y definitivamente tenía la certeza de que la parte realmente difícil sería para ella (llegaría indefensa, sin entender nada de lo que decíamos y dependiendo de que sus expresiones quedaran sujetas a las interpretaciones de aquellos que la recibiéramos). Tenía claro que quería un proceso en el que fuera mi cuerpo el que dictara los procedimientos y no los protocolos estandarizados. El parto para mí era un trabajo en equipo que nos correspondía realizar a los tres, además, yo como gestante, tenía la seguridad de que no estaba enferma y por ello no debía ser tratada como tal sino que debía tener la posibilidad de escoger si requería medicación o si por el contrario decidía de afrontar el dolor como mi cuerpo me dictase. En resumen quería que tener la posibilidad de decidir yo, contando con ayuda de expertos, en lugar de que ellos decidieran por mí dejándome de lado.

Y el tercero, es que consideraba que no podíamos permitir que se nos arrebataran de las manos el sueño de comenzar nuestro camino como familia juntos, sabía que mi esposo debía ser partícipe activo de la llegada de su bebé en lugar de tener que esperar inerme, aislado y ajeno mientras todo sucedía detrás de los muros.

Fue así como un día cualquiera le dije a mi esposo que quería un parto en casa, atendido por personas que respetaran el camino que debíamos recorrer para encontrarnos. Él se asustó un poco, pero después de escuchar mis argumentos y de discutir las posibles opciones me dijo que estaría muy dispuesto si contábamos con el acompañamiento de un profesional médico que trabajara con nosotros por nuestro propósito. Tiempo después, con ayuda de una intervención amiga (extrañamente oportuna) contactamos una gineco-obstetra que anda en el camino de desaprender un poco de los protocolos tradicionales y con la doula con quienes comenzamos un trabajo temprano de preparación para recibir a nuestra chiqui. Las condiciones eran claras: el embarazo debía ser normal y el parto no debía implicar riesgo alguno. Al final del embarazo pudimos ver con ánimo que nuestras expectativas y sueños se estaban realizando.

En la mitad de la semana 37 comencé a presentar las contracciones de Braxton Higs continuamente, pero nunca fueron cada 5 minutos y tampoco fuero dolorosas. Así estuve hasta la semana 39+3. El miércoles 5 de noviembre decidí visitar a un amigo médico que practica la neuroterapia para que me hiciera unos puntos que bloquearan el dolor de una hernia umbilical, que no sabía que tenía y que venía molestándome desde el fin de semana anterior, pero que por su incidencia durante las contracciones tenía claro que me afectaría durante en el parto. Caminé hasta su consultorio (1km más o menos) y de regreso a casa algunas de las contracciones comenzaron a hacerse más fuertes. Al llegar noté que algo me tenía inquieta y por eso decidí quedarme sola y a oscuras en el cuarto mientras Leo trabajaba en el escritorio. La bebé también parecía sentir algo extraño y lo evidenciaba removiendose inquieta y continuamente, por eso aproveché para conversar con ella largo rato. No sé a que horas me venció el cansancio y me quedé dormida.

El jueves 6 de noviembre me desperté a la 1:35am con un cólico fuerte, como si me estuviera llegando el periodo, me levanté despacio, pero el dolor hizo que me apoyara en la pared, al hacerlo pude sentir como un líquido caliente y viscoso salía de mí y caía en el piso o era absorbido por el pantalón de la pijama.
Las "aguas sagradas" habían comenzado a descender, claro aviso de que sólo faltaban algunas horas para mirar a los ojos a mi bebé. Obviamente entré en pánico...todo el embarazo había trabajado mis miedos sobre el parto, pero en realidad al enfrentarme al momento específico el miedo me invadió...sólo con el paso de los minutos fue llegando la calma y la certeza de que podía hacerlo. Fue cuestión de tener paciencia para poder ver como mi espíritu se llenaba de fortaleza y calma.

Le avisé a Leo que se levantó inmediatamente y comenzó a organizar el cuarto para el parto, él llamó a la doula Marcela y a la profesional médica, quienes se pusieron en camino, también comenzamos a tomar el tiempo entre las contracciones y a medir su duración. Marce fue la primera en llegar, cargada con todo su "arsenal" y con una indumentaria que yo decía que era un "pijama anticonceptivo" de color morado (un traje raro que si fuese de uso normal no inspiraría nada). 15 minutos más tarde llegó la medica y me hicieron la primera evaluación. Habían noticias que causaban preocupación y era que mi bebé se había hecho meconio (estando todavía en mi vientre), mi cérvix apenas comenzaba a borrarse y mi cuello apenas comenzaba a dilatar, lo que hacía que las cosas se tornaran complejas, eso sumado a que mis contracciones eran irregulares y por ello el trabajo de parto activo no tenía ni índices de comenzar. Entonces decidieron observarme unas horas más y para ello sugirieron tiempo de descanso buscando que la oxitocina se pusiera manos a la obra mientras yo me relajaba para dejarla actuar. Marce se acostó en la cama de la bebé y Leo y yo en el colchón de nuestra cama, la doctora fue a dictar una clase, pero quedó en llamar constantemente y de estar atenta a su teléfono por si se presentaba cualquier novedad. A eso de las 9am las contracciones no habían cambiado y por ello la doctora sugirió dar paso al plan B que consistía en ir a la clínica para que el proceso continuara después de ayudar un poco a mi cuerpo con algo de oxitocina sintética para que las contracciones arrancaran bien, además asegurar la posibilidad de intervención en el caso en el que la bebé comenzara a estresarse entre contracción y contracción. Un sentimiento de frustración me invadió y empecé a llorar. Marce me dejó a solas con Leo para que conversáramos al respecto y él comenzó a profesar palabras de calma y tranquilidad. Me decía que "habíamos hecho todo lo que de nosotros dependía y que debíamos también escuchar lo que la bebé necesitaba para su proceso", "que podía estar tranquila porque yo había hecho todo lo que de mí dependía". Es increíble la fuerza que puede llegar sólo a través de una voz específica, con su ayuda comencé a calmarme, aunque debo reconocer que fue sumamente doloroso para mí renunciar a la idea del parto en casa porque inicialmente me sentía algo culpable, sobre todo al pensar en las cosas que, según lo indicaba este hecho, no había elaborado durante el embarazo y que ahora eran un impedimento para el parto como lo soñaba, pero también comencé a entender que la primera lección que mi bebé me daba era "aprender a soltar aquello que no depende de mí" y a respetar su necesidades y decisiones. Antes de salir Marce nos pidió que saliéramos tranquilos, que escucháramos a la bebé y que dejáramos que ahora ella y mi cuerpo dictaran el transcurso de los acontecimientos. Finalmente nos contó que siempre que habían recurrido a la clínica terminaban en cirugía, pero que esta historia apenas se estaba escribiendo (comentario que, sin planearlo, sencillamente olvidé).

Rumbo a la clínica Leo y Marce conversaron todo el tiempo de cómo suceden este tipo de casos en la clínica primavera en Ecuador. Hablaron del proceso que se ha vivido allá para que el parto respetado tenga lugar y hablaron de los sueños que tienen en la organización a la que Marce pertenece, organización que buscan que los partos en Medellín tengan un perfil más humanizado y respetado. Hablaron todo el viaje, pero yo ya comenzaba a sentir como caía en un abismo de abstracción e ingravidez del que apenas un par de contracciones me hicieron retornar. Ya no tenía miedo...sabía que me enfrentaba a algo grande, quizá una de las vivencias más potentes de mi historia, pero el miedo ya no viajaba conmigo, me había abandonado.

Al llegar a la clínica viví calmada y tranquila algunas contracciones mientras Leo hacía el papeleo, pero cuando comenzó a hacer chistes y bromas tuve que decirle secamente que no continuara porque ya no estaba de humor para ello. El plan médico era ponerme un par de horas la oxitocina sintética para regular mis contracciones ayudando a mi cuerpo a dar inicio a la fase activa del parto. Si la reacción de mi cuerpo no era favorable sería necesario operar. Nos asignaron la habitación 306 y una vez llegamos Marce comenzó a sacar su "armamento" mientras las enfermeras de piso recolectaban mis datos, me ponían el cateter y me hacían firmar algunos cuantos papeles. Para poder tomar cualquier decisión la ginecóloga me hizo un nuevo tacto, en este caso las noticias fueron mejores, estaba en 3 de dilatación y eso nos daba a entender que mi cuerpo había comenzado a trabajar y por eso tendríamos tiempo extra que nos permitiera seguir el proceso natural, ahora dependeríamos de cómo reaccionara la chiquita. Hacia las 11am me pusieron una descarga de 15ml/hr de oxitocina y con eso comenzó mi trabajo de parto activo.

Las contracciones se hicieron más intensas, mucho más continuas y mi abstracción también se hizo más profunda. Marce comenzó a emplear calor, aromaterapia, aceites esenciales y consejos de ejercicios que me ayudaran a enfrentar cada contracción. De ahí en adelante mi percepción del tiempo, del espacio y de las personas fue bastante confusa. Me sumí en un estado lejanía que se hacía más profundo después de cada contracción, pero mi conciencia resurgía cuando sentía mi útero encogerse y el instantáneo estado de alerta me permitía ponerme activa. La mejor manera que encontré para enfrentar las contracciones era agachándome y haciendo sentadillas mientras respiraba al ritmo que mi cuerpo que demandaba. Al sentirme agotada intentaba asumirlas con empleando otras estrategias: apoyando la parte superior de mi cuerpo en algo mientras flexionaba y estiraba las rodillas, moviendo las caderas un lado al otro, colgándome de un fular amarrado a una puerta mientras dejaba que mis piernas descansaran y que la gravedad se hiciera cargo de mi cabeza, pero siempre retornaba a las sentadillas.

A eso de las 3pm me quitaron la Oxitocina y mi cuerpo continuó trabajando solo. Sin embargo las contracciones eran tan seguidas que comencé a sentirme agotada y a demandar algo de agua caliente que actuara como analgésico y que me diera algunos minutos de descanso, pero en la clínica no había agua caliente, estaba tibia, casi fría. En vista de mi implacable demanda la enfermera jefe ofreció cambiarnos de habitación a la 301 donde el agua tenía un par de grados más. Una vez allí me duché con ayuda de Marce mientras Leo, la médica y las enfermeras calentaban un poco más el agua de la ducha, para llenar la piscina, con ayuda de unas resistencias que Leo consiguió fuera de la clínica. Cuando la piscina tuvo el nivel mínimo me sumergí en ella y el dolor menguó someramente, entonces pude relajarme un poco.

A los pocos minutos (bueno...eso de tener claro el paso del tiempo no era lo mío en ese momento, así que sólo hablo de la extraña percepción que tengo ahora) comencé a tener ganas de pujar, pero todavía faltaba un poco para terminar de dilatar, entonces Marce me pidió que asumiera las contracciones soltando el aire como si tuviera un pitillo en la boca y fue ahí que comencé a vivir un verdadero martirio...las contracciones se volvieron insoportables y una hora más tarde estaba pidiendo anestesia. A pesar de los diferentes acotes de cada uno de mis acompañantes, acerca de lo adelante que iba en el proceso, no podía soportar la imposibilidad de pujar, entonces llegó a mí la sensación de que me estaban tomando el pelo y que no apoyarían mi decisión. Terminé discutiendo con Leo y secamente le dije que ya no quería verlo más (en la conversación de preparación a este tipo de parto la doula había advertido a Leo que yo podría tener este tipo de reacción, pero que no sería nada personal), así que él tuvo que abandonar la habitación y segundos después Marce y la médica llegaron a conversar sobre mi decisión, pero yo ya no estaba en condiciones de hablar y sólo confirme mi posición. Minutos después llegó la enfermera con la silla de ruedas y con ella Leo, al verla salí de la piscina, pero al hacerlo el frío comenzó a hacer de las suyas y una oleada de contracciones continuas no se hizo esperar. Una vez pasadas las primeras contracciones me puse la bata y me senté en la silla, pero inmediatamente vino otra contracción y tuve que pararme como un resorte y al hacerlo les dije que no me importaba nada que iba a pujar, y fue en ese momento que la médica dijo que miraría si mi periné ya estaba "abombándose", así que tuve que colgarme de Leo y asumir la posición de sentadilla dependiendo de él y pujar con todas mis fuerzas...el alivio fue inmediato y la doctora me dijo que en efecto el periné estaba abombado y que de ahora en adelante podría pujar. Con semejante noticia pude declinar de mi decisión de recibir anestesia.

De ahí en adelante mi abstracción fue en aumento de manera vertiginosa...si ya estaba en algún lugar lejano, ahora iba camino al infinito y más allá.

Me senté en la silla de partos y comencé a pujar en cada contracción, fue en esos momentos donde me agradecí a mi misma tener el hábito de nadar, ya que la respiración que asumí para enfrentar los pujos me permitía asumir con fortaleza cada impulso de mi útero.

Pujé sentada en la silla de partos donde Marcela me ayudaba a sostenerme, luego en la piscina donde me fui acostando después de cada pujo, entonces me pidieron que me pusiera en posición más vertical, tuve que cambiar de posición abrazando a Leo que estaba fuera de la piscina para que me ayudara a sostenerme, luego nos dieron un trapo con unos nudos raros y en cada pujo él tiraba hacia sí y yo hacía lo mismo en cada arremetida. Finalmente sentí que algo descendía y al introducir un poco los dedos en el canal vaginal sentía algo duro que me bloqueaba el paso. Agotada les pedí que me ayudaran a salir para caminar hasta la silla de partos de nuevo, al caminar hacia ella mis piernas temblaban como si estuvieran a punto de abandonarme, entonces al ver la silla tan bajita y sabiendo que mis rodillas no resistirían para apoyarme en ella cambié de decisión, giré hacia la camilla y me anclé en ella, con las rodillas rígidas, pedí que la subieran un poco y pegué la cabeza del colchón apoyándome en los antebrazos mientras el resto de mi cuerpo seguía en posición erguida. Una vez allí después del primer pujo pude sentir claramente el descenso de mi bebé...no podía creerlo, esta sensación me dió fuerzas de donde no tenía para pujar. Ya ella no se devolvía, seguía allí hasta donde mis fuerzas y las contracciones de mi útero la llevaban. Comencé a sentir como me abría. Leo dijo que podía verla, y la médica me dijo que podía tocarla, así que puse una de las manos entre mis piernas y pude sentir su piel mojada, su cabello y la forma de su coronilla, fue impresionante. Con la siguiente contracción pude sentir claramente lo que llamaban el círculo de fuego y recordé todo lo que había leído sobre desgarros y el dolor que implica pujar inconteniblemente en ese punto, así que con la siguiente contracción pujé despacio para que su coronilla pasara lentamente hasta que sentí que mi piel iba a partirse, entonces dejé de pujar y a pesar de que la contracción seguía no la dejé moverse más. En ese momento(cuenta mi esposo porque yo no lo recuerdo)la médica puso su mano en mi periné para ayudarme a protegerlo, pero yo inmediatamente grité furiosa diciendo que "nadie me tocara". Cuando la contracción se fue pregunté si tenía que esperar a la siguiente contracción para poder pujar pero la médica me dijo podría hacerlo en ese instante, sin embargo decidí esperar. Respiré, me relajé un poco y al sentir que llegaba la otra "cresta de la ola" pujé con todas las fuerzas que me quedaban y pude sentir como salía suavemente el resto de la cabeza y el cuerpo de mi chiquita. Respiré con alivio...agotada y feliz. Al volver la cabeza pude ver a Leo detrás de mí sosteniendo un cuerpo diminuto que emitió dos suaves chillidos cuando pudo respirar. Perdí la noción de mi cuerpo. No sé en qué momento, pero sé que rápidamente me subieron a la camilla y me recostaron antes de que me desvaneciera. Segundos después tenía sobre mi pecho un cuerpecito diminuto y silencioso que con movimientos torpes reptaba lentamente hacia atrás, buscando mi seno.

Finalmente pude ver sus ojos. Durante largo rato ella pareció mirarme fijamente, detallarme y atravesarme con su mirada.

Un rato después respetuosamente se la llevaron y Leo vino a abrazarme y a decirme feliz que lo habíamos logrado...que tal y como lo habíamos planeado habíamos comenzado a caminar como una familia y que justo como lo considerábamos pertinente el viaje lo habíamos comenzado los tres juntos juntos.

Hoy cumplo 41

Y me llegaron mensajes increíbles, que conmovieron mi espíritu. Estoy muy agradecida con este camino... ...