Hace poco tuve una conversación con un amigo que ha enfocado sus intereses académicos en la teratología. Nuestro diálogo partía de un debate en torno a las impresiones que suscitaba en sus estudiantes algunas imágenes relacionadas con la enfermedad. Él hablaba de la necesidad de que siguiéramos construyendo diálogo sobre lo que es normal y lo que no, sobre todo en la medida en la nuestra cultura y sus instituciones parece edificarse sobre una negación a ideales de homogenización. Lo anterior no excluye, pero tampoco incluye de forma generalizada, las prácticas de aula.
El eje dinamizador de la conversación fue la frase: “Soy lo que soy pero también soy aquello que hago para cambiarme a mí mismo”, frase de la que desconozco la fuente y que me atrevo a tomar sin permiso.
Abordamos dicha premisa como la manifestación de una representación interna y él me explicaba que la interpretación de la imagen (representación) es algo que también está determinado por la retórica. Para ello retomó a Aristóteles con su “Ethos, logos y Pathos” y, en algún momento, siempre rondando el planteamiento de la frase motivadora, llegamos a la pregunta sobre qué asumíamos como aprendizaje.
Los meandros de nuestros argumentos nos llevaron a establecer una relación entre lo que implica el aprendizaje, el cual concebimos, para ello retomo una frase presente en una de las presentaciones sugeridas para el curso, como una “experiencia fundamentalmente individual y endógena, pero que se construye a partir de social”.
Logramos plantear que si articulamos la idea de aprendizaje con el fragmento inicial de la frase motivadora, podemos decir que el aprendizaje está determinado, por un lado, por la posibilidad de tenemos de reconocer esos elementos que nos constituyen desde nuestra llegada al mundo: elementos relacionados con nuestra historia biológica, condensados en lo que denominamos genética y que, de alguna manera determinan ese “soy lo que soy”. Pero también consideramos que, si visualizamos que el aprendizaje puede derivar en un proceso de conocimiento, inicialmente de sí mismo y que, debería apostar a que el sujeto trascienda de la esfera netamente individual y se ocupe de sí, debemos reconocer que ese proceso, y con eso pasamos a la segunda parte de la frase, también está determinado por:
-Los elementos constituyentes de la cultura (nuestra lengua, creencias, imaginarios); estos se articulan con elementos conceptuales que constituyen los diferentes grupos sociales y que pueden diferenciarse en los dominios conceptuales (o disciplinares); y finalmente ambos elementos se vinculan directamente con eso que, como individuos logra ponerse en movimiento a través de la emoción (la que podemos vincular con la motivación). Para finalizar consideramos que la apuesta con nuestros estudiantes, podría ser un reconocimiento de sí mismos como individuos con características únicas y específicas, pero también como sujetos que se disponen a construirse constantemente y de contribuir con ello en la construcción de colectivo, a través de la participación de las dinámicas sociales y culturales. Todos ellos elementos fundamentales a la hora de concebir, pero también de generar aprendizaje.
Conversación con Hilderman Cardona- jueves 3 de mayo.