Con los tanques llenos de gasolina, las bufandas amarradas al cuello, guantes de lana y los bolsillos llenos de tristezas, angustias y cansancio salimos casi al rayar el meridiano. Con destino a perdernos en las montañas orientales de Medellín, con visa para Berlin, un paraje alterno hundido en las entrañas del sordido Carmen...
El resultado, deportados por ajenos a la realidad del poblado, anexando cargas enormes de agua que se colaba por los poros de la ropa y posteriormente de la piel.
