Tengo un amigo que todo el tiempo dice que la vida es un viaje, un viaje en el que no podemos quedarnos, y le añade que todas las cosas que suceden en la vida son accesorios de ese viaje y que también tienen fecha de vencimiento. Mi viaje ahora toma un rumbo incierto, de nuevo a la deriva y sin puertos que me amarren a tierra. Debo despedirme, por lo menos en un sentido significativo, de esta cómoda madriguera y migrar para esperar a que pase el crudo invierno.
Debo reconocer que gracias a la incertidumbre y el miedo que me abraza, veo todo completamente oscuro y mi visión se somatiza a través de un grueso nudo que se apodera de mi garganta y a veces me hace llorar...
domingo, 10 de febrero de 2008
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