Siempre es un buen día para ir a la piscina, aunque debo reconocer que existen contundentes excepciones: los días de tormenta eléctrica o los días en lo que hay disturbios en la universidad.
Todo lo que tiene que ver con ella es un ritual: dejar de tomar o comer cualquier cosa por lo menos 1 y 30 minutos antes, repartir el bloqueador por la piel un rato antes para que sea absorbido y caminar hasta la universidad por las calles de una ciudad lluviosa o soleada (no importa como).
Al llegar a la universidad los pasos se dirigen apresuradamente hacía el extremo noroccidental como una estrategia para calentar los músculos y después de cambiarme debo caminar desde el vestier hasta la piscina: unos días hay mucha gente, otros días hay muy poca pero siempre hay alguien, todo depende del clima, de la hora y hasta de los paros. Anteriormente me generaba un poco de vergüenza caminar medio desnuda en medio de un montón de gente vestida, pero con los años ésta ha ido menguando en la medida en la que ido llegando la aceptación y finalmente el amor por mi propio cuerpo.
Ya en el acceso a la piscina saludo al guarda y al salvavidas, entrego el carné y me ducho. Luego me desplazo hasta la piscina y busco un lugar entre los bañistas que ya están en el agua.
Cuando encuentro un lugar el ritual se hace más tranquilo: me quito las sandalias y comienzo a estirar los pies: inicialmente los talones, luego las piernas y los muslos.
Comienzo a sentir esas partes de mi cuerpo de las que no soy consciente siempre.
Empieza a asaltarme la conciencia de que es mi cuerpo, que allí donde él está está mi vida y con la aceptación de mi cuerpo deviene el agradecimiento. Sólo soy yo, una manifestación corpórea igual a todos los humanos en su particularidad única.
Comienzo a sentir esas partes de mi cuerpo de las que no soy consciente siempre.
Empieza a asaltarme la conciencia de que es mi cuerpo, que allí donde él está está mi vida y con la aceptación de mi cuerpo deviene el agradecimiento. Sólo soy yo, una manifestación corpórea igual a todos los humanos en su particularidad única.
Sintiendo cada músculo suelo cerrar los ojos para sentir un poco más. Para sentirme y saber cómo estoy: es como una especie de saludo que mi cuerpo agradece y aprovecha para disponerse.
Me concentro más en la respiración.
Me concentro más en la respiración.
Estiro la espalda, el abdomen y los laterales, aquí me detengo un poco en el estiramiento y aprovecho para mirar al cielo: unos días puedo ver el sol, otros puedo ver las nubes moverse y otro puedo ver y sentir la lluvia cayendo sobre mi cuerpo.
Finalmente estiro los brazos, los hombros y el cuello. De nuevo me hago consciente de mi respiración y trato de sentir los latidos de mi corazón.
Tomo asiento en el borde de la piscina y pongo los pies en el agua para aclimatarme.
Tomo asiento en el borde de la piscina y pongo los pies en el agua para aclimatarme.
Me pongo el gorro, limpio las gafas y les hecho un poco de saliva para que no se empañen. Me las pongo. Apoyo las manos en el borde (una junto a otra- con las palmas extendidas y los dedos apuntando hacia el lado opuesto a la piscina), doy media vuelta y mi cuerpo queda suspendido en el borde apoyado en las manos. Lentamente me dejo caer en el agua y me sumerjo completamente, para luego salir un coger un poco de aire y volver a sumergirme haciendo burbujas para tratar de regular la respiración.
Doy media vuelta y todo se torna de un color azulado y aquí y allí se ven las estelas de burbujitas que dejan los bañistas en su recorrido y que le dan al panorama un toque visual casi mágico mágico.
Vuelvo a la superficie y me acomodo las gafas.
Me sumerjo nuevamente y flexiono las piernas, rápidamente las pongo en el muro, formando con éste un ángulo recto (pura exageración eufemística) y luego las estiro con fuerza para poder impulsarme y comenzar el desplazamiento.
Me sumerjo nuevamente y flexiono las piernas, rápidamente las pongo en el muro, formando con éste un ángulo recto (pura exageración eufemística) y luego las estiro con fuerza para poder impulsarme y comenzar el desplazamiento.
Y empiezo a volar....a tratar de que mis brazos lleguen más lejos para arrastrar más agua y a dejar que mis piernas sepan acogerse al ritmo haciendo lo suyo.
Sólo escucho el sonido del agua, mi respiración y lentamente los latidos de mi corazón se van haciendo más perceptibles.
Sólo escucho el sonido del agua, mi respiración y lentamente los latidos de mi corazón se van haciendo más perceptibles.
Nada de afán, sólo escuchar, respirar y por encima de todo: sentir.
Y empiezo a encontrarme...a volar más alto...los parpados se ponen pesados y comienzan a cerrarse. Me abandono al ritmo de mi cuerpo.
En ocasiones comienzo a contar las idas y las vueltas (juntas son una piscina), otros días no cuento nada y solo nado viendo como las manos entran al agua dejando una estela de burbujas que luego se pierden debajo de mí, saco la cabeza al para aspirar aire y volverla al agua puedo ver el límite entre el agua, la tierra y el cielo. Otros días solo juego desplazándome sumergida casi en el fondo de la alberca y mirando la superficie.
Algunos días mis pensamientos vuelan, vienen y van. Otras veces se quedan conmigo quietos, agazapados en los inhóspitos recodos de la nada.
Cuando siento que ya no quiero seguir, me impulso y salgo del agua y vuelvo a mi estado terrestre, después de haberme sentido fluir e ir y venir a los distintos ritmos que llegan con los días.
Casi siempre salgo pensando que debo aprender a fluir en la vida tal y como lo hago en el agua, sólo tengo que dejarme ir, aprender a confiar y a sentir tal y como lo hago cuando estoy en el agua.
Casi siempre salgo pensando que debo aprender a fluir en la vida tal y como lo hago en el agua, sólo tengo que dejarme ir, aprender a confiar y a sentir tal y como lo hago cuando estoy en el agua.
No hay comentarios:
Publicar un comentario