viernes, 13 de febrero de 2015

Con las tetas afuera!

Hace años, cuando comencé a ir a la piscina de la U, me escandalizaba un poco cuando veía algunas mujeres pasearse desnudas por el vestier. No podía entender dónde dejaban la vergüenza de exhibir sus cuerpos sencillos, nada voluptuosos, algunos envejecidos y sobre todo exageradamente humanos, pero con el tiempo fui entendiendo que se trataba de mujeres que habían superado los paradigmas y estereotipos que nuestra cultura demanda a los cuerpos femeninos. Empecé a sospechar que eran mujeres que sabían que sus cuerpos eran perfectos por el sólo hecho de ser y de estar. Me tardé un poco pero lentamente pude vislumbrar aquello de lo que tan orgullosas se sentían de exhibir: su descarnada humanidad, libre de moldes homogenizadores que deformaran su ser.

Años después, a pesar de todo, nunca he sido capas de caminar desnuda por el vestier como ellas, el pudor enseñado en casa- y al que le he bajado de nivel a mi medida- me lo impide, sin embargo ya no las observo como bichos raros ni me siento envidiosa de su fluidez...creo que logré llegar al punto de aceptación de su forma de hacer y de la mía, sin forzarme a hacer lo que no me hace sentir bien.

Pero nada dura para siempre y después del parto mi vergüenza ha menguado y ahora me siento orgullosa y feliz de mi cuerpo, pero sobre todo agradecida por la increíble forma en la que hace el trabajo de permitirme vivir cumpliendo sus funciones diligente y equilibradamente.

Actualmente mi posición de mamifera de lactante me permite exhibir ese orgullo cada vez que mi bebé lo requiere en el momento y lugar que lo necesita.


Sin embargo también he tenido que dejar de lado cualquier postura orgullosa y encantada de mi condición en la medida en la que me he topado con miradas extrañadas, curiosas y, en muchos casos morbosas de los transeúntes, caminantes o pasajeros que han coincidido conmigo mientras amamanto a Anna, me han hecho sentir en carne propia- como muchas otras veces- la cosificación que nuestra cultura enarbola del cuerpo femenino, y esto ha devenido en una imposibilidad de desnudarme y, por ende, de disfrutar el contacto piel a piel con ella cuando debo amamantarla en lugares públicos.

Es casi como si tuviera que esconderme para ocultarle al mundo una escena tan hermosamente humana.


Entendiendo que por comodidad el acto ha tenido que dejar de ser público, ahora busco la tranquilidad y la soledad para yacer cómoda, tranquila y en silencio, generando las condiciones para poder disfrutar tanto como ella esos instantes de conexión. Instantes en los que puedo apreciar como su torpeza motriz lentamente se convierte en destreza para acoger mi pecho en sus manitas.
Para ver como todo aquello que observa y que se refleja en sus ojos.
Para ver como se agranda su pupila al enfocar mi rostro.
Para sentir su saciedad o su avidez.
Para sentirla cerca, muy cerca.


Ya no importa- como alguna vez me importó- si mi cuerpo se adapta a los paradigmas hegemónicos de belleza. Ahora lo sé menos voluptuoso, más sencillo y también más maduro, pero también reconozco la perfección con la que cumple su labor:no sólo me da la posibilidad de sentir la vida que cotidianamente me atraviesa las venas, llena cada célula y hasta me sale por los poros; sino que también se encuentra en toda la capacidad para llevar vida a otro cuerpo.


Agradezco a cada de las partes de mi cuerpo (como un todo) por la posibilidad que me genera diariamente, la posibilidad de la vida.

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Y me llegaron mensajes increíbles, que conmovieron mi espíritu. Estoy muy agradecida con este camino... ...