En medio de una conversación cercana y tranquila le dije que la idea de hacerme una cirugía a mí no me calaba por ningún lado.
Le dije calmada y mirándola a los ojos que yo sabía que ella se ponía en las manos de médicos experimentados y en clínicas donde se preocupaban, honestamente, por la salud de sus pacientes.
Pero esta vez me fue imposible callar, me fue imposible no decirle que lo que me preocupaba era su discurso y su aceptación de la diversidad.
Que lo que su acción mostraba era la apropiación de ideales de belleza estereotipados y que la humanidad era todo menos eso.
Le dije que una decisión como esa estaba amparada en una idealización de cómo debe ser nuestro cuerpo, una perspectiva de lo armónico en consonancia con lo homogéneo.
Entonces, sin pestañear, le pregunté que tipo de discurso pensaba darle a la niña, cuando en la adolescencia llegaran quejándose de las manifestaciones segregadoras de aquellos que la consideren diferente.
Sentí que se me partía el alma al espetarle aquello, pero era consciente de que al hablar de posibilidades futuras la miopía no justificará la falta de argumentos sostenidos a través de la carne.
Pero, sin sentirme juez, le plantee que yo no podía pedirle a "ella" en un futuro, que se acepte diferente si yo misma no esgrimo mis argumentos a través de cuerpo.
Ella me dijo que verse bien era un motivo de felicidad y me pidió que no la cuestionara ni la juzgara.
Yo le dí todas las garantías. Incluso me ofrecí a cuidarla. Sin embargo tuve que pedirle que tuviera en cuenta que yo nunca le hubiese planteado lo que pensaba sino fuera porque tenemos en proceso el cuidado y la crianza de una chiquita y, que por ser familia, nuestros discursos habrían de ponerse en evidencia en algún momento.
Unos días después me es inevitable sentir que esos discursos se ponen en evidencia todo el tiempo, a través de lo que somos, decimos y hacemos. En ese caso, todos tenemos rabo de paja. Todos tenemos comportamientos extraños a los ojos de otros y tomamos decisiones cuestionables. Y "ella" sabe eso, su infancia no la hace ciega. Todo lo contrario.
sábado, 23 de diciembre de 2017
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