martes, 28 de agosto de 2018

Respiro vital

Era 18 de agosto de 2018.

Íbamos rumbo al golfo de Morrosquillo a celebrar el cumple de Dani, una prima que venía de Atlanta.

Era una mañana muy calurosa.

Unos cuantos segundo antes del suceso, no sé por qué, comencé a recordar un accidente que presencié muchos años atrás, en la vía a Cartagena.

Yo iba sentada adelante, en el asiento del copiloto, pero podía sentir las manitos de Anna, tratando de asirme desde el asiento trasero derecho. Nunca había hecho algo semejante.

No pude soportar estar lejos de ella y le dije a Ronald que cambiáramos de puesto para poder acoger la niña en mi regazo.

Hicimos el cambio con el carro en movimiento y sin contratiempo.

Minutos después Leo comenzó a perder el control del carro. Trató, sin resultados, de controlar el rumbo, pero supo que no podría sostenerlo por mucho tiempo más y encaminó el vehículo hacia el pasto que había después de la berma derecha. En la maniobra perdió el control y el carro se volcó de costado sobre unos escombros arrumados entre la hierba que crecía desordenada.

Segundos después estábamos de cabeza. El carro, después de deslizarse unos instantes, al fin se detuvo.

Leo y Ronald se soltaron de los cinturones y preguntaron a los demás si estábamos bien.

Alejo, en medio del pánico, no sabía cómo quitarse el cinturón, por lo que tuve que presionar el botón que lo dejaría libre.

Pero Anna y yo estábamos enredadas en el cinturón, y ella estaba en un shock de pánico. No paraba de gritar angustiada pidiendo que la ayudáramos a salir de allí.

Alejo y Leo tuvieron que ayudarla a calmar para sacarla del enredo en el que estábamos metidas.

Después de unos eternos instantes pudieron sacarla.

Minutos después pude salir yo.

Una vez que pude afuera, quise abrazar mi percepción del cielo. Pude sentir la añoranza de sensibilidad del mundo que me agobió durante aquel suceso.

Tenía mucho miedo y un fuerte nudo en la garganta se emanaba desde mis entrañas y simultáneamente las oprimía.

Pero al dejar de mirar el cielo, pude verla allí, sola, expuesta al sol, completamente confundida y llorando descontroladamente. Sosteniéndose en pie, junto a un carro que antes había representado (supongo) un lugar seguro.

Tuve que mandar mis ganas de llorar a la mierda para acoger las de ella. Y ya no pude soltarla hasta que se fue (tres días después) a su espacio escolar.

Hoy, dos semanas después, Anna todavía nombra aquel asunto.

A veces llora en las noches.

Y aunque todavía no se ha montado en el carro de nuevo, sé, que como en el viaje de retorno a casa, va a confesarme al cerrar la puerta, que no quiere que pase de nuevo.

Hoy cumplo 41

Y me llegaron mensajes increíbles, que conmovieron mi espíritu. Estoy muy agradecida con este camino... ...