Ningún saber que conservo ahora me llegó de su acompañamiento. La dosis de brujería y las tendencias místicas las traía yo.
El gusto por la música fue explorado de su mano, pero la melomanía fue pulida y cultivada por mi compañero de vida en la intimidad de la cotidianidad.
Cuando llegan los recuerdos, son recuerdos sin proyecciones, no hay deseos ni añoranza de tiempos compartidos mañana.
Se ha secado el espíritu del vínculo, ya no hay argumentos.
Siento que puse demasiado en esto, aprendí a darme, pero también a reconocer que la responsabilidad de los vínculos no debe pesar en los hombros de solo uno de los pilares.
Al poner tanto, cuando se generó la ruptura, no quedo en el inventario nada ajeno a lo que yo hubiese aportado.
El otro pilar no puso nada.
No me dejó nada.
Me quedé sola, con la certeza de que cuando amo puedo hacerlo con mucho fervor y entrega. Ahora puedo reconocer lo que entrego, eso es absolutamente reconfortante.
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