El problema de movilidad en la ciudad es un asunto que está poniéndonos los pelos de punta a los ciudadanos de valle del Aburrá lentamente, las calles de la ciudad permanecen congestionadas el 90% del tiempo y la paciencia de los motorizados se agota en cada semáforo o en cada trancón del que ya no se salvan ni las vías rápidas.
Después de una diplomática “junta” que me arrebató tiempo hasta que ya no quedaban ni vestigios del sol me desplacé hasta los confines sureños de la ciudad. Mamada, medio ciega (como siempre) y con el estómago completamente vacío. Con ganas de bañarme, de acostarme un rato a dormir, de dejar que el tiempo se consuma sin ayudar a que su trayecto sea más provechoso y como si fuera poco con mucho que estudiar. Locha era lo que tenía y de esas bien arraigadas.
Lamentablemente, las ganas de hacer pereza deben ser sólo un proyecto aplazado. Sin embargo es difícil no divagar un poco y escuchar las voces de lo que el inconciente quiere manifestar. Estoy inquieta, quisiera por lo menos hablar pero aquí no hay nadie. Entonces recuerdo algo bien particular que sentí esta semana y es de eso que quiero hablar (que dilate tan largo!): Es una situación atípica a la realidad que hasta hace poco fue mía. Tuve que desplazarme hasta la Universidad un sábado, en medio de la lluvia y de un espeso marasmo de carros, tractomulas y camiones. Una eterna ciudad móvil de edificios gigantes en su mayoría, que dejaban diminutas calles entre sí en las que a duras penas podía desplazarme en mi súper "ninja roja". No pude evitarlo, a mi mente acudieron imágenes vistas en la prensa, sucesos ocurridos en el transcurso de la semana, accidentes catastróficos ocurridos en Amagá y cerca al túnel de occidente. Uno completamente compacto y hecho añicos entre dos volquetas, otro donde la interminable fila de autos ya hechos trizas era acompañada de la fila de cadáveres trágicamente filados a los lados de los respectivos autos.
La sensación de vulnerabilidad era embriagante, el caos vehicular acompañado del ruido y los rostros impacientes que sin darse cuenta me tenían a merced suya era aterrador. Yo no importaba y no tenía porque. Era invisible, diminuta e increíblemente inerme. La certeza de que la muerte puede ser una de las posibilidades era abrumadora. Sin embargo la lucha por la supervivencia argumentada con la esperanza era aun más alentadora. Los grandes rascacielos me cerraban el paso y me arrinconaban mientras las llantas de la moto inútilmente se aferraban a un suelo volátil.
Finalmente, y como podemos hacer los motociclistas pude escapar de la inmensa ciudad móvil y de paso de mi claustrofobia. No pude llegar temprano, pero llegué viva y con los nervios intactos.
Pd: Si mi claustrofobia se activa solamente en medio del caos vehicular no quiero ni pensar que pueda suceder con mis nervios si Luis XV es elegido nuevamente y me toca sollarme el primer piso del trayecto Sn Diego- poblado por escasez de fondos para poder subirme al segundo piso de la ciudad.
Después de una diplomática “junta” que me arrebató tiempo hasta que ya no quedaban ni vestigios del sol me desplacé hasta los confines sureños de la ciudad. Mamada, medio ciega (como siempre) y con el estómago completamente vacío. Con ganas de bañarme, de acostarme un rato a dormir, de dejar que el tiempo se consuma sin ayudar a que su trayecto sea más provechoso y como si fuera poco con mucho que estudiar. Locha era lo que tenía y de esas bien arraigadas.
Lamentablemente, las ganas de hacer pereza deben ser sólo un proyecto aplazado. Sin embargo es difícil no divagar un poco y escuchar las voces de lo que el inconciente quiere manifestar. Estoy inquieta, quisiera por lo menos hablar pero aquí no hay nadie. Entonces recuerdo algo bien particular que sentí esta semana y es de eso que quiero hablar (que dilate tan largo!): Es una situación atípica a la realidad que hasta hace poco fue mía. Tuve que desplazarme hasta la Universidad un sábado, en medio de la lluvia y de un espeso marasmo de carros, tractomulas y camiones. Una eterna ciudad móvil de edificios gigantes en su mayoría, que dejaban diminutas calles entre sí en las que a duras penas podía desplazarme en mi súper "ninja roja". No pude evitarlo, a mi mente acudieron imágenes vistas en la prensa, sucesos ocurridos en el transcurso de la semana, accidentes catastróficos ocurridos en Amagá y cerca al túnel de occidente. Uno completamente compacto y hecho añicos entre dos volquetas, otro donde la interminable fila de autos ya hechos trizas era acompañada de la fila de cadáveres trágicamente filados a los lados de los respectivos autos.
La sensación de vulnerabilidad era embriagante, el caos vehicular acompañado del ruido y los rostros impacientes que sin darse cuenta me tenían a merced suya era aterrador. Yo no importaba y no tenía porque. Era invisible, diminuta e increíblemente inerme. La certeza de que la muerte puede ser una de las posibilidades era abrumadora. Sin embargo la lucha por la supervivencia argumentada con la esperanza era aun más alentadora. Los grandes rascacielos me cerraban el paso y me arrinconaban mientras las llantas de la moto inútilmente se aferraban a un suelo volátil.
Finalmente, y como podemos hacer los motociclistas pude escapar de la inmensa ciudad móvil y de paso de mi claustrofobia. No pude llegar temprano, pero llegué viva y con los nervios intactos.
Pd: Si mi claustrofobia se activa solamente en medio del caos vehicular no quiero ni pensar que pueda suceder con mis nervios si Luis XV es elegido nuevamente y me toca sollarme el primer piso del trayecto Sn Diego- poblado por escasez de fondos para poder subirme al segundo piso de la ciudad.
1 comentario:
Bueno, tu descripción de un trancón es impresionante, imaginate lo muuucho peor que puede ser para una persona en carro, así no dan tantas ganas de comprarse uno,es mejor seguir confiando en la fiel amiga de 2 ruedas.
CM
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