Él, llegó a casa cuando menos
esperábamos por cuestiones azarosas que sólo podemos explicar por medio de las
coincidencias. Lo traían mi padre y mis hermanos luego de una extenuante
jornada laboral en el taller que lo vio nacer. Era un cachorro diminuto con el
pelo rubio, cruce de 25 razas puras con las orejas caídas. Yo, tenía nueve años
en esos días. Balto, se llamaba, en honor a un perro protagonista de una
película animada, que salvaba un pueblo aisladísimo en el norte de Canadá.
Fue fácil encariñarnos al extremo
y en esa medida criarlo como no se debe criar un perro no se nos hizo difícil: Se subía a las camas y
a los muebles de cualquier casa, sin importarle si era o no permitido. Comía
las mismas veces que comen los humanos, pero siempre esperaba que le dieran las
sobras de la comida para después acabarse la suya. Dejaba todo lleno de pelos, y ese era el rastro que lo seguía a todas partes. Creía que podía enfrentarse al
cualquier perro o gato y lo hacía a través de su fuerte ladrido, erizando todo
el pelo de su espalda para ocultar su miedo latente. Muchas personas lo odiaban porque se creía el jefe de
relaciones públicas y demandaba siempre algo de cariño a todas las personas que
venían de visita a casa. Pero era una excelente compañía, podía sentarse a tu
lado a verte llorar y a veces llorar contigo, saludarte todas las veces que
llegaras a casa en un día como si no te hubiese visto en años. Cuidarte de los
extraños, aunque si esos extraños lo sobornaban con un poco de afecto él se
dejaba vencer con facilidad. Te acompañaba a dormir en la noche y se recostaba
con fuerza en ti para no permitir que la soledad se colase por ningún orificio
de la cobija. Se comía la comida que no te gustaba y por eso siempre quedabas
bien con cualquier chef de turno.
Pero la tierra reclamaba su
presencia y por eso, después de 19 años de compañía tuvo que irse. Ahora sólo
queda el lugar vacío de los espacios que ocupaba, en nuestra vida, en nuestra
casa y en nuestro corazón. Con el tiempo sólo quedará en nuestra memoria y los
pelos que dejaba por todas partes irán desapareciendo como él. Es necesario
agradecerle por toda la compañía y tener presente que lo llenamos de amor y que
hicimos de su historia, un relato digno de contar.

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