Después de 3 meses de planeación y espera por fin losjuimosjueputa! Y como todos los
viajes tienen un comienzo debo tratar de plasmarlo comenzando, tradicionalmente, por el principio. Leo y yo llegamos temprano al aeropuerto Jesús María Córdoba en Rionegro, y comenzamos a hacer la fila para
el Check in. Stephie, Carlotta y Wilmar llegaron un poco más tarde debido a que
se vararon en el camino.
El vuelo tardó media hora adicional porque el cielo en
Bogotá estaba nublado y eso afectaría nuestro arribo. El segundo vuelo con
rumbo a Santa Martha se retrasó 1 hora así que tuvimos tiempo de sobra para
mirarnos las caras y de paso las de los demás viajeros que estaban en la sala de
espera. Ya en Santa Marta sólo fue necesario salir del
avión para que sintiéramos un violento choque de calor que nos acompañaría
buena parte del viaje. Nos quedamos en un apartamento a media cuadra del
Rodadero. Allí pasamos 3 días, tiempo que literalmente empleamos para
relajarnos, escuchar mucha música, hacer silencio, mirar las personas que
pasaban, caminar por la playa, mirar el cielo y tomar muuuucchhha cerveeezzaaa!!
Espacios sencillos y llenos de familiaridad comenzaron a
ocupar nuestros días. La sensación hermosa de conocer nuevas personas que
vienen cargadas de historia, cargadas de vida, hacen que tu rutina se
transforme. Con la interacción comenzaron a llegar sorpresas y la primera para
mí fue a través de una novedosa osadía para abrirme paso torpe y abrupto para el diálogo en inglés. No fue
difícil olvidar la pena, hablar y sentir la imposibilidad de comunicarme. Pero
el que quiere puede y yo creía que, aunque torpemente, me hacía entender. La primera noche tomamos cerveza en el balcón hasta el cansancio. Bailamos, reímos y
comimos hasta que el cansancio nos envió a la cama. El segundo día fue el día
de la locha libre!!! Y el tercero nos llevó a Playa Cristales, lugar al que
para llegar es necesario atravesar en una panga diminuta que sale desde
Taganga, trayecto en el que el mar es super violento y en una ocasión hasta estuvimos
a punto de volcarnos.
Stephie rió con nerviosismo todo el tiempo y para amainar sus nervios tomamos cerveza llena de goticas de agua salada que saltaban constantemente
sobre nosotros y obviamente sobre la lata de cerveza. Fue un lugar increíble de
playas solitarias y aguas cristalinas llenas de vida.
El cuarto día nos levantamos temprano,
preparamos los equipajes y salimos del apartamento. Fue un viaje larguísimo a
través de lo que para mí fue tooooda la ciudad. Al dejarla atrás estuve
pensando mucho en ella. Es una ciudad desordenada donde la recolección de
basuras no parece ser muy eficiente, la gente no parece preguntarse por el
destino de los dineros públicos y la inversión en la infraestructura en poco
evidente. La señalización de las calles no existe y la gente no parece pensar
en eso…pero después de mucho ver peros me sobrevino la pregunta: ¿Qué hago yo
para que en mi ciudad la historia sea diferente? Y con la pregunta vinieron
miles de justificaciones a las que mi conciencia no cedió. La pregunta me
acompañaría hasta muchos días después del viaje.
Ese día llegamos hasta el
Tayrona, pero en el trayecto hasta allá el bus se varó dos veces, tiempo en el
que Stephie y yo salímos a fumar y huyendo del calor del bus. Es muy raro pero
esa carretera me producía un miedo raro. Una zozobra inexplicable que me
llevaba pronto a buscar refugio de nuevo en el caluroso bus.
Al llegar al Tayrona decidimos quedarnos en el segundo
campamento, Cabo San Juan del Guía al que llegamos luego de 2 horas de camino a
pie bordeando el mar. Tiempo en el hermosos paisajes se abrieron ante
nosotros…debo dar gracias a la vida por permitirme ver aquello.
Llegamos casi
al anochecer y montamos carpa en casi una hora!! esto por ser una carpa desconocida
para nosotros, por la forma el que se forra así misma en su sobrecarpa y de paso por no
tener luz para reconocerla. Finalmente fue buena nuestra terquedad de armarla completa.
Al terminar de organizar el campamento, Leo y yo fuimos a comprar algo de comida y luego fuimos a la playa a escuchar
las olas llegar y sentir la brisa que llegaba a a la costa. Todo era muy oscuro y por ello a
duras penas adivinábamos la cercanía del otro gracias a las palabras. Tuvimos
una de esas conversaciones deliciosas que me hacen sentirlo cerca y que me
hacen agradecer al universo su presencia en mi vida. Hablamos del hecho de
sentir la energía de la gente, sobre las ocupaciones y preocupaciones que el
sistema nos impone y la forma sumisa en la que las aceptamos. Esgrimimos
argumentos sobre por qué estamos siempre con la necesidad de seguir
indicaciones de la iglesia o la publicidad y el mercado. Hablamos sobre la veracidad de las supuestas resistencias que creemos encarnar y sobre la eficiencia de
nuestro auto-cuestionamiento y nuestra capacidad para conectarnos con nosotros
mismos. Hablamos de mi labor docente y
sobre mi falta de fe en torno a innumerables aristas de un sistema educativo en el
que ya no creo, debido a sus propósitos homogenizantes arrasadores. En esos
días mi fe estaba hundiéndose con el mundo. Esa Noche llovió a torrentes y
por eso agradecimos a nuestra terquedad de armar a oscuras la carpa con todas las de la
ley. El agua jamás nos tocó y gracias a ello dormimos secos aunque absortos en nuestros pensamientos, escuchando el arrullo del agua y del mar en medio de la tormenta.
Al día siguiente fuimos a la playa nudista. Un lugar donde pudimos bañarnos en el mar sin
trapitos, toditos de cuerpo al sol. Allí el viento se llevó cualquier tapujo, vergüenza y uno que otro temor al escarnio público o a que, como dice
Mafalda: la fuerza pública nos llevara presos por salir a la calle sin vestido. Delicioso lapso de desnudes!
Ese
día dormimos temprano gracias a un amague de lluvia que vimos en las nubes y que sentimos inocentemente en el ambiente. Esa madrugada desperté por el llamado
insistente de Wilmar insistiéndo que saliéramos de la carpa porque acababa de ingresar
un cangrejo. Salimos de inmediato para darnos cuenta de que en efecto un
hermoso cangrejo azul y enorme se hallaba en medio de nuestras cobijas. Me temo
que no fuimos conscientes de que armamos la carpa sobre su casa…lamenté mucho
nuestro descuido. En la mañana empacamos nuestros morrales y salimos del
parque. Fue una caminata hermosa en la
que recorrimos parajes que no habíamos atravesado antes. Siempre en
silencio…observando y agradeciendo por la fortuna de apreciar semejante
cantidad de vida junta. Sencillamente hermoso!!
Retornamos a Santa Marta y nos hospedamos en un hotel en el
que pasamos la tarde y del que salimos en horas de la noche rumbo a la
terminal. La pregunta sobre el ejercicio de mi ciudadanía volvió a taladrar mi cerebro, cuestionamiento que ahora reflexiono a la luz de un juzgamiento que Settembrini
hace a Hans Castorp en la Montaña mágica: “(…)quien se acostumbra a formular
críticas fácilmente acaba perdiendo contacto con la vida, con la forma de vida
para la que ha nacido (…)” Quedo abierta al cuestionamiento, la observación y la
necesidad de acción.
Llegamos a Bucaramanga a eso de las 6:30am y de allí
partimos rápidamente hacia San Gil y allí nos encontramos con una enorme oferta
de actividades que demandaban dosis enormes de energía y adrenalina y como
buenos aguafiestas que solo tienen ganas de tranquilidad corrimos a refugiarnos
a Barichara, un pueblo a 30 minutos de allí.
Aquel es un pueblo hermoso, tranquilo, colonial y
sospechosamente tranquilo. Esto lo digo porque en esos días desconocía
cualquier asunto referente a lo social, histórico o político del lugar. Escogimos un hotel a las afueras del pueblo,
un lugar hermoso en que sólo estábamos alojados nosotros. Esa noche fue una
noche de cerveza, mucha conversación, música y una que otra canción que unía
nuestras voces desacompasadas. Dormimos tranquilos en medio de una noche de leyenda.
Era el día que la humanidad tanto esperaba para presenciar el fin del mundo,
pero nosotros dormimos con tranquilidad.
Al día siguiente después de comprar algunos suvenires al
llegar al hotel Wilmar me guió hasta un sendero trazado con pétalos de flores
amarillas. Seguí el sendero con la mirada y vi que al final me esperaba Leo
acompañado por un trío de cuerdas que entonaba una serenata que inmediatamente
me remitió las noches en las que escuchaba cantar a mis abuelos paternos música
tradicional colombiana. Dudé un momento y Wil me dijo que debía avanzar. En
medio del camino comencé a encontrarme con fotos de amigos, de nuestras
familias y de nosotros. Pude ver pasar un buen tramo de mi vida ante mis ojos.
Finalmente me encontré con él extasiada por semejante sorpresa, pero le dije
que no estaba cumpliendo años. Entonces él se arrodilló y me pidió que me
casara con él (…). Esa noche dormí tranquila y expectante. Mañana el sol
brillaría de nuevo, una nueva promesa me invitaba a esperarlo con ojos distintos.
Al día siguiente partimos rumbo a Medellín, con la promesa
de vivir navidad en un ambiente más hogareño. Fue un viaje largo y tranquilo,
que me permitió pensar mucho, cuestionar mucho y pensar en formas de acción,
participación y decisión.
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