Se me ha vuelto cotidiano permanecer mucho tiempo sola mientras voy y vengo por la casa abstrayendome en cada cosa que hago.
Disfruto enormemente los espacios de quietud, oscuridad y calor.
Suelo pasar horas mirando a la nada.
Estoy leyendo menos...como si las letras de otros nos quitaran tiempo valioso para estar con nosotros mismos.
Mi conducta puede estar justificada en cierta necesidad de autoprotegerme de todo y de todos o puede deberse a esa inexplicable necesidad de establecer esas sutiles filigranas de la conexión entre madre e hijo que son impermeables a cualquier justificación racional. Pero no estoy segura de nada.
Pero de todos esos instantes a solas es el agua lo que más disfruto, sin importar que no sea un espacio oscuro, que haya otras personas alrededor y que no sea cálida.
A veces en la ducha me quedo quieta bajo el agua, sintiéndola caer por mi cuerpo y eso es suficiente...un instante de intimidad y silencio en el que los pensamientos dejan de revolotear inquietos en mi mente.
En otras ocasiones puedo lanzarme a la pileta y volar en unas cuantas idas y vueltas sin esforzarme mucho para después agazaparme en alguno de los rincones solitarios donde no se apiñan los bañistas, sumergirme en el sonido del agua y flotar haciendo algunas apneas insignificantes. No lo hago mirando al cielo porque sólo quiero mirar el agua y dejarme ir...ningún pensamiento viene, todo es lividez y quietud...una sensación de soltura y desprendimiento...dejo de ser sin dejarme...solo me suelto...nos soltamos y seguimos juntos.
Comparto una imagen hiperrealista de Alyssa Monks en la que también soy capas de abstraerme.
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