jueves, 3 de julio de 2014

A propósito del fútbol y de la realidad social

Nunca he sido amante del futbol.
Mi historia con el balón pie ha sido simple y se reduce a recuerdos que tengo de mi primer novio con quien iba al estadio en calidad de acompañante, él era un afiebrado hincha del DIM que heredó esa pasión de su padre, pasión que compartía alegremente conmigo y a la que nunca me opuse; sin embargo nunca me gustó mucho y esa pasión nunca logró contagiarme de forma contundente. Al finalizar esa historia nada hizo que mi negación a ver fútbol cambiara, sobre todo alimentada por la seguridad de hallarme en un país obsesivamente enfermo, y que además de otros males se ve aquejado por las desquiciadas emociones este deporte le suscita.

Pero este año no pude resistirme a la oleada de fiebre futbolística que parece ser alimentada por un fuero interno inexplicable para mí. Es increíble, pero la peque que llevo en mis entrañas patalea, brinca y se contorsiona (a veces dolorosamente) cuando escucha a su papá gritar al son que cada partido le toque. No obstante mi fiebre no trasciende los 90 (o más) minutos y por lo general mis temas de conversación posteriormente nunca tienen que ver con lo visto y sentido en esos instantes, pasa al olvido con facilidad.

A propósito de la fiebre futbolera si hay algunas cosas que se quedan dándome vueltas en la cabeza como cuando hace unos días (exactamente el 21 de junio) leía aterrorizada la columna publicada por el Espectador sobre el doloroso caso de Andrés Escobar, historia que ya cuenta con 20 años:

"http://www.elespectador.com/noticias/judicial/el-estremecedor-relato-del-fiscal-del-caso-de-andres-es-articulo-499808"

Columna a la que quiero referirme sólo por citar un ejemplo representativo y escalofriante de lo que sucede en el país, Un hecho fundamentado en la ciega y desmedida pasión cuyos resultados a nivel social, en muchas ocasiones, carecen de justificaciones humanas y racionales y cuyos desenlaces sirven como ejemplo para develar las infrahumanas condiciones de justicia y amparo en las que vive el pueblo colombiano, un pueblo adormecido por los argumentos que los medios diariamente se inventan para mantenerlo en vilo. Y eso que sólo estoy hablando de fútbol...

Me siento como toda una aguafiestas cuando en lugar de olvidar el trago amargo que deja el artículo y pensar en el sabor dulzón que pueda traerle a la historia patria el partido de la selección nacional mañana enfrentada a la selección anfitrona de la actual fiesta mundial, no puedo sacarme de la cabeza las afirmaciones del fiscal del caso citado, puesto que no deja de preocuparme la situación paupérrima que enfrenta y ha enfrentado históricamente la justicia en el país en el que nacerá mi esperanza. Cito algunas de esas afirmaciones textualmente:

"Ese día aprendí el poder de un Estado: si tiene voluntad y decisión es posible descubrir hasta el más planeado de los crímenes. El poder del Estado es infinito. Para resolver este caso hubo un despliegue de poder pocas veces visto en Colombia, quizás en dos o tres crímenes. Entendí entonces que el Estado lo puede todo, lo que pasa es que no le da la gana o la negligencia es total".

"En Colombia las tragedias humanas están en gran parte relacionadas con unas actitudes de negligencia eterna y absoluta de las autoridades. Es horrible la cantidad de muertos que este país ha puesto por esa manera tan negligente y displicente con que suelen asumir las autoridades los procesos judiciales".

"Colombia todavía vive el oscurantismo de esa anticultura que sigue disponiendo de la vida humana de la misma manera, con la misma frialdad, con la misma indiferencia y con ese silencio oficial. Las causas de esta muerte están vivas aún. ¡Esto no ha cambiado! Es que aquí se bajan de un carro y le van disparando a alguien como si fuera cualquier animal. Aquí la vida no vale nada. Colombia sigue siendo eso, todavía no lo hemos superado. Cualquier cristiano que revise la historia de este país se dará cuenta de que el Estado y la sociedad colombiana han sido de una contemplación eterna con esas expresiones de violencia".

Semejantes afirmaciones, por su vigencia y actualidad avivan el siempre presente dolor por la patria del realismo mágico, donde las cosas tienden a seguir iguales. Pero a pesar del dolor, debe permanecer el compromiso personal de actuar acorde a esos valores "arcaicos" enseñados en casa y que parecen sólo funcionar en esas microesféras sociales en las que nos movilizamos cotidianamente, pero que simultáneamente nos hacen actuar con convicción, con la certeza de que en esos ámbitos las cosas pueden ser diferentes y de que esa es nuestra contribución cotidiana al cambio por el que tanto pugnamos.




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Y me llegaron mensajes increíbles, que conmovieron mi espíritu. Estoy muy agradecida con este camino... ...