miércoles, 15 de febrero de 2017
Discidente
De nuevo, y a pesar de todo el tiempo que ha pasado, me hacen a un lado de forma pública por manifestar abiertamente mi postura frente a cualquier credo. Lo tenaz es que de nuevo sucede en una institución educativa en la que ya no soy estudiante sino que soy docente.
Me someten al escarnio público por no participar de reflexiones que inician con la bendición y las palabras son dirigidas por un cura ausente, pero presente a través de sus letras.
Me dicen que estoy llena de odio cuando lo único que planteo es que nuestras reflexiones deben a travesar nuestro propio discurso y nuestro propio ser, sin importar si se originan en las iglesias, sinagogas, ermitas o en la intimidad nuestra propia casa.
En respuesta llega mi silencio. Pero me es inevitable pensar y sentir que sus discursos de inclusión y de acogida a la diferencia son huecos y en esa medida sus discursos pedagógicos y didácticos también lo son.
Ya no soy una adolescente y no quiero discutir con nadie que quiera segregarme por mi postura. Ya ser diferente no me lastima.
Sin embargo no deja de preocuparme saber que, después de tanto tiempo, sigo siendo presa de señalamientos cuando ni siquiera se abre la posibilidad del diálogo y de escuchar diferentes "verdades" en torno a temas de fe.
La experiencia me hace pensar de nuevo en los mensajes de no aceptación de la otredad. Otredad que, sin necesidad de ser lesiva sólo molesta por ser diferente.
Han pasado muchos años y nada ha cambiado, pero he cambiado yo y ya no odio ni me molesta esa otra postura. Sin embargo me habita, y con más fuerza, la pregunta sobre cómo acompañar los pasos de alguien tan pequeño y vulnerable como "ella". Ella, que aún no ha trasegado el complejo camino de la diferencia. Sabía y sé que ese es el mayor reto.
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