En medio de una conversación cercana y tranquila le dije que la idea de hacerme una cirugía a mí no me calaba por ningún lado.
Le dije calmada y mirándola a los ojos que yo sabía que ella se ponía en las manos de médicos experimentados y en clínicas donde se preocupaban, honestamente, por la salud de sus pacientes.
Pero esta vez me fue imposible callar, me fue imposible no decirle que lo que me preocupaba era su discurso y su aceptación de la diversidad.
Que lo que su acción mostraba era la apropiación de ideales de belleza estereotipados y que la humanidad era todo menos eso.
Le dije que una decisión como esa estaba amparada en una idealización de cómo debe ser nuestro cuerpo, una perspectiva de lo armónico en consonancia con lo homogéneo.
Entonces, sin pestañear, le pregunté que tipo de discurso pensaba darle a la niña, cuando en la adolescencia llegaran quejándose de las manifestaciones segregadoras de aquellos que la consideren diferente.
Sentí que se me partía el alma al espetarle aquello, pero era consciente de que al hablar de posibilidades futuras la miopía no justificará la falta de argumentos sostenidos a través de la carne.
Pero, sin sentirme juez, le plantee que yo no podía pedirle a "ella" en un futuro, que se acepte diferente si yo misma no esgrimo mis argumentos a través de cuerpo.
Ella me dijo que verse bien era un motivo de felicidad y me pidió que no la cuestionara ni la juzgara.
Yo le dí todas las garantías. Incluso me ofrecí a cuidarla. Sin embargo tuve que pedirle que tuviera en cuenta que yo nunca le hubiese planteado lo que pensaba sino fuera porque tenemos en proceso el cuidado y la crianza de una chiquita y, que por ser familia, nuestros discursos habrían de ponerse en evidencia en algún momento.
Unos días después me es inevitable sentir que esos discursos se ponen en evidencia todo el tiempo, a través de lo que somos, decimos y hacemos. En ese caso, todos tenemos rabo de paja. Todos tenemos comportamientos extraños a los ojos de otros y tomamos decisiones cuestionables. Y "ella" sabe eso, su infancia no la hace ciega. Todo lo contrario.
sábado, 23 de diciembre de 2017
martes, 5 de diciembre de 2017
Miedo
Estaba aterrorizada.
Solo pensar que debía irme me helaba la sangre.
Quería cualquier cosa menos estar lejos.
Pero debía irme.
El vuelo se retrasó 4 horas y pacientemente esperé sin discutir ni pronunciar palabra.
Los demás pasajeros se revelaron a los asistentes de embarque y como respuesta la aerolínea nos dio un pase para redimir en un próximo vuelo con ellos y pagaron el desayuno de todos los pasajeros.
Yo, lo único que quería era tiempo para estar en mi ciudad.
Tiempo para estar "cerca" de mi familia (aunque no podía moverme del aeropuerto y estaba sola).
Ya estando en Quibdó, todo se organizó (a petición de los estudiantes del curso) para que el programa se desarrollara en torno a asesorías personalizadas.
Entonces decidí ir al aeropuerto y pedir que adelantaran mi viaje de regreso.
En vista de que me había visto "afectada" por el retraso inicial no me cobraron multa.
Salí en el último vuelo del día siguiente.
Fue increíble en lo que el miedo puede convertirnos.
Estuve allá, llena de miedo "injustificado" y completamente intuitivo. Fueron horas mirando el reloj y trabajando como loca para aprovechar el tiempo. No sabía porque, pero saltándome todas las reglas de contratación organicé todo para retornar a casa lo más pronto posible.
No quería nada más que estar cerca de aquellos que amo.
De regreso todo me daba vueltas, tenía mucho miedo al avión y a pesar de que fue uno de los vuelos más tranquilos de mi vida, solo pude respirar aliviada al encontrarme en mi tierra natal.
Una vez allí; no me importó nada...
Solo quería amar en la cercanía y disfrutar el encuentro.
Se que no fue lo más ético. Sin embargo y, respecto a mi apremiante sensación, era lo único que sentía que debía hacer.
Además, si soy honesta, fue una sensación poco usual. Al sentir algo así, creo que sólo queda dejarse llevar por la intuición y la sensibilidad.
Solo pensar que debía irme me helaba la sangre.
Quería cualquier cosa menos estar lejos.
Pero debía irme.
El vuelo se retrasó 4 horas y pacientemente esperé sin discutir ni pronunciar palabra.
Los demás pasajeros se revelaron a los asistentes de embarque y como respuesta la aerolínea nos dio un pase para redimir en un próximo vuelo con ellos y pagaron el desayuno de todos los pasajeros.
Yo, lo único que quería era tiempo para estar en mi ciudad.
Tiempo para estar "cerca" de mi familia (aunque no podía moverme del aeropuerto y estaba sola).
Ya estando en Quibdó, todo se organizó (a petición de los estudiantes del curso) para que el programa se desarrollara en torno a asesorías personalizadas.
Entonces decidí ir al aeropuerto y pedir que adelantaran mi viaje de regreso.
En vista de que me había visto "afectada" por el retraso inicial no me cobraron multa.
Salí en el último vuelo del día siguiente.
Fue increíble en lo que el miedo puede convertirnos.
Estuve allá, llena de miedo "injustificado" y completamente intuitivo. Fueron horas mirando el reloj y trabajando como loca para aprovechar el tiempo. No sabía porque, pero saltándome todas las reglas de contratación organicé todo para retornar a casa lo más pronto posible.
No quería nada más que estar cerca de aquellos que amo.
De regreso todo me daba vueltas, tenía mucho miedo al avión y a pesar de que fue uno de los vuelos más tranquilos de mi vida, solo pude respirar aliviada al encontrarme en mi tierra natal.
Una vez allí; no me importó nada...
Solo quería amar en la cercanía y disfrutar el encuentro.
Se que no fue lo más ético. Sin embargo y, respecto a mi apremiante sensación, era lo único que sentía que debía hacer.
Además, si soy honesta, fue una sensación poco usual. Al sentir algo así, creo que sólo queda dejarse llevar por la intuición y la sensibilidad.
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