Eran tarde e incapaz de dormir por causa del dolor que, sumado al de los huesos limados, imponían las vendas.
Traté en vano de concentrarme y relajarme. Intenté meditar. Concentrarme en el vaiven de mi propia respiración, pero era incapaz. Algo desviaba mi atención.
Nunca, nunca me había visto obligada a sentir dolor de forma tan consciente que me pareció descarnada.
Sentí que casi podía acercarme y mirarlo, pero mientras más me concentraba en él parecía hacerse más fuerte. Se fortalecía con mi atención.
Tuve que buscar desesperadamente mecanismos de distracción. Levantarme a leer y quedarme hasta la madrugada deambulando por la casa y huyendo de los zancudos, que parecen armar fiesta en la sala en estas noches calurosas.
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