La salida de fin de año estuvo propuesta para recibir juntos a Moro. Este año vino por primera vez de visita y dejó su hábitat en Melbourne 2 meses para estar con nosotros.
Verlo de nuevo, ha sido una chispita para el corazón. Y sentir cómo la distancia lo ha hecho empoderarse de su vida, de sus procesos reflexivos y de sus acciones es verdaderamente deslumbrante. Sus palabras dejan ver su madurez y sin embargo parece haber decidido no dejar de ser un niño (cosa que me encanta). Hacía mucho tiempo no me paraba en la ventana a reirme, sin poder controlar ni moderar mis carcajadas. Cuánto extraño eso...
Estuvimos juntos desde el 2 de diciembre en Medellín y el 26 de diciembre salimos en la noche (Leo, Anna, mi madre, él y yo) rumbo a Santa Rosa de Cabal, para darnos unos mimitos colectivos en los termales de San Vicente.
El 27 salimos relajados hacia Santiago de Cali, donde pasamos el cumpleaños de Ary armando juegos callejeros con sus abuelos (Luis y Ana), su tía Grey y unos niños vecinos. Fue otro escenario donde la emotiva explosión de nuestra niñez fue posible. Con los años cada vez es más clara la sensación de gusto por el juego y me dispongo claramente a "brinconear" como si todavía fuera una niña (en el fondo creo que nunca voy a dejar de serlo).
El 29 de diciembre salimos a las 4:30am rumbo a Buenaventura. Dejamos los carros parqueados en el hotel Cosmos Pacífico y salimos rumbo a Bahía Málaga. A orillas del pacífico.
Fue impresionante ver la disposición de los muelles y los buques llenarse de carga para después zarpar hacia el océano. Mientras nos alejábamos de la ciudad en lancha, pudimos ver barcos del ejercito y edificios de carga atiborrados de continers llenos de mercancía.
Llegamos a Juanchaco y de ahí tomamos otra lancha hacia la Barra donde nos esperaba la Casa Majagua.
Después de algunos viajes, es claro para mí que adoro la combinación selva-mar. Me llena de vida ver los acantilados y playas rebosantes de vegetación. Guardianes de la promesa de no sentir el sonido de los motores de los carros. Lugares alejados del mundo y de su confort. Sin embargo después del accidente del 2018, ha venido creciendo el miedo. Saberme tan conscientemente vulnerable me hace pensar constantemente en la muerte y en las formas en las que esta puede llegar, sobre todo cuando estoy de viaje.
En las noches, ya acostada, me impresionaba saber que estábamos a orillas del océano más grande del planeta (nada más las ter cuartas partes) y que si había un tsunami, nada podría sacarnos de allí. Por otro lado, sabía que al otro lado de la playa se extendía la frondosa selva Chocoana y que allí tampoco había caminos o lugares que nos garantizaran la supervivencia a la que estamos acostumbrados: cómodamente, sin esfuerzo y sólo ayudados por el dinero.
En el día llegaba la calma. El mar tiene ese efecto sedante y tranquilizador en mí y su arrullo era un remedio inefable para mis temores nocturnos. Sólo con tumbarme en la orilla del mar, ver el movimiento del sol, escuchar las olas mezcladas con el canto de los pájaros, grillos, sapos y el viento, me despojaba de cualquier temor. Además, ver y vivir las mareas me recordó la importancia de reconocer los ritmos vitales: esa cantidad de agua avanza y retrocede de formas complejas y poco comprensibles para mí. No obstante era imposible no maravillarse con el ímpetu, la fuerza y la paciencia del agua. Pero a pesar de ello me queda claro que el pacífico no es nada pacífico.
Aquel lugar era misterioso. Emanaba de él una invitación a la solidaridad, a la conversación con el otro, al juego infantil, al romanticismo y al sosiego. Cuántas preguntas que había acallado durante el año tuve que responderme...
De regreso a casa, traje conmigo mucha calma y agradecimiento.
Por otro lado ya no somos una familia tan dispuesta al consumo y en esa medida la estancia en aquel lugar estuvo llena una tranquilidad que antes desconocíamos y vivirla nos permitió un completo descanso.
Ya rumbo a Medellín, tuve que hacer frente de nuevo a mi temor a la carretera. Pero ese es otro cuento, en el que hasta voy a necesitar apoyo externo. Porque mi miedo sigue ahí y yo me resisto a darle el espacio para que me inmovilice.
domingo, 12 de enero de 2020
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