martes, 31 de marzo de 2020

El espíritu de los nuevos días

Se me hace un nudo en la garganta al pedirle que no se toque el rostro con las manitos y que por favor no se apoye en todo lo que se encuentra, mientras sacamos a los perros a dar la vuelta respectiva. Aunque aclaro que, en este momento no tengo claro si nosotros sacamos a los perros o ellos nos sacan a nosotros.

Tuve que explicarle que por estos días debía cambiar la costumbre de saludar a todos los niños que se encontrara en el camino y que, con mayor razón, no debía despedirse de ellos de beso y abrazo como tenía acostumbrado (mierda, me toca pedirle que se aleje del otro! :( ). 

Con el objetivo de cuidarla, cuidarnos (a todos), en estos días debemos jugar adentro. Entonces, los marcadores de tablero ahora sirven para hacer rayuelas en el piso, los vasos desechables son depositarios de pimpones y los closets son los escondites ya que no cabemos debajo de las camas, ni en la lavadora. 

No sé cómo enseñarle a crecer a una niña que debe estar encerrada todo el tiempo, ni sé cómo no sentirme mal por el hecho de pedirle que esté alejada de los otros. Estoy aprendiendo esto al mismo tiempo que ella, pero a mí parece dolerme más. 

Lo peor de todo es que ella siempre está de buen humor. Parece carecer de crisis existenciales que la angustien y hasta ahora ni siquiera pregunta cuándo va a pasar esto. Solo espera tranquila y amorosamente, el día que pueda salir a correr bajo el cielo sin que 20 minutos sean su límite (ahora legalmente) establecido.

Tengo tanto que aprender de ella...pero también sé que no hay enseñanza, ni aprendizaje sin ese auto-engendramiento que, muchas veces, está atravesado por el "dolor" del parto. 

miércoles, 25 de marzo de 2020

Extraños ritmos

Robert Musil dice, en el hombre sin atributos, que siempre que nos vemos forsozamente, desprovistos de nuestros ritmos, inmediatamente buscamos otros.

Es así como la cuarentena ha llegado y se ha llenado de ritmos inventados para llenar los días y seguir dándole sentido a cada amanecer. 

Los días llegan y se van y a cada momento, en vista de la incertidumbre de lo que seguirá, se le otorga parsimoniosamente su afán. 

Pero los días también llegan cargados de angustias y de nuevos sentimientos de vulnerabilidad. Algunas angustias, por ejemplo, toca dejarlas a un lado debido a la repugnancia que producen. Es tal el ejemplo de la atribución (conspiranioca o no) a aquellos capitalistas conservadores recalcitrantes, de semejante genocidio global. Se cansa uno de saber las estupideces que están dispuestos a producir los humanos para garantizar que es estatus quo siga intacto. 

Genera una nueva, no por desconocida sino por no experimentada a este nivel, sensación de vulnerabilidad, saber (o recordar), que estamos a expensas de un ácido nucleico de cadena simple envuelto en una capa lipidica. Hemos vuelto a estar al alcance del mundo. No somos ningunos dioses.


sábado, 21 de marzo de 2020

Biohazard

Cuando escribí esto (a mano) llevaba 3 días en cuarentena. Una reacción lenta para mí, pero muy oportuno a los ojos de la Secretaría de Educación.
Pero las vivencias de estos días, definitivamente ponen en relieve preguntas sobre lo que cada cual considera fundamental, y con la naturaleza de los acontecimientos, ese tipo de preguntas pasan a llenar demasiados momentos continuos y en este momento quiero recordar algunos de ellos. Porque para mí esta historia comienza un mes antes de que llegaramos a la cuarentena.

Un día viernes, de febrero, mientras yo padecía un cuadro de gripe atípica, estuve escuchando a Leo tocando su guitarra en el estudio, cuando me leyó algunas de las narraciones de Ian, un chino que conocimos gracias a Camilo (un amigo de infancia de Leo), en Miami hace ya casi 4 años. Ian ahora vive en su ciudad natal, un puedo cerca al Tibet, y al parecer en sus últimas historias, viene describiendo la situación que vive su país, como consecuencia del un retrovirus bastante contagioso que tiene a su país en cuarentena. Que lejana me sonó aquella historia en esos días.

Una semana y media más tarde, conversaba con Leo, con mi gripe sin menguar y sentada en el mesón de la cocina, cuando Camilo escribió de nuevo. Mostrando una foto de víveres que su compañero y él habían decidido comprar, puesto que Ian le pedía comenzar a prepararse para lo que era una inminente amenaza para Occidente. Con tono incrédulo Leo y yo hicimos una lista de víveres para las posibles compras de la mañana siguiente, pero finalmente sólo concretamos la compra de las medicinas para la alergia de Anna (en vista de la resistencia que viene adquiriendo, cada vez compramos menos).

Media semana después, el tema salió a flote de nuevo, Camilo nos pedía ver noticias de Europa y tomarnos en serio lo que estaba pasando. No podíamos creerlo. Nuestros vínculos afectivos con Europa, todavía no nos daban voces de alerta, pero el crecimiento de los casos en los noticiarios, en efecto, iba en aumento. El 13 de marzo, un día después, siendo el primer aniversario de la muerte de mi suegro, estábamos con mi suegra en casa y haciendo una lista de víveres que compraríamos a la mañana siguiente. Decidimos no esperar más ¿Qué podíamos perder al ser precavidos ante tan insistente llamado? A las 6 am estábamos en la Mayoritaria, comprando cosas que, en ocasiones normales, no compraría (árroz, fríjoles secos, entre otras cosas). Compramos un mercado de los que mi abuela Fili siempre decía que uno tenía que comprar, porque uno no sabe cuando llega la época de escasez.

Con la llegada del sol, comenzaron a llegar los mensajes del viejo continente. Mensajes duros, tristes y desesperanzados que le daba todo el sentido a nuestra inusual compra. Entonces comencé a agradecer en silencio los mensajes de aquellas advertencias previas, pero sobre todo a agradecer la insistencia amorosa de quienes sabían que tenemos una nena en casa. Sin embargo, a nuestro alrededor, las personas sólo parecían querer comprar lo de siempre y llevar muuucho jabón para manos y muuucho gel desinfectante. Estábamos escuchando ecos de voces frente a los cuales todo el mundo era ajeno.

A la mañana del domingo, los mensajes desde Italia de Faiver se recrudecieron y nos Wilmar en Alemania nos confirmaba que estaban en cuarentena declarada. Ese día comencé a solicitarle a mi jefe, por WA, que suspendiera las clases del día siguiente, mientras los docentes tomábamos decisiones sobre medidas de contingencia, respecto a lo que se nos estaba viniendo encima. Pero ella me pidió mesura...

¿Mesura? yo siento que he escuchado esa petición un previamente un par de veces, y siempre me parecieron sensatas (sin embargo no quiero entrar en detalles), pero este no era el caso. Fue cuando comenzaron a llegar esas preguntas de las que hablaba inicialmente: ¿Quién de nosotros había vivido una pandemia antes? nadie! ¿Quién tenía en el radar tomar decisiones pensando en consecuencias colectivas y no pensando en los riesgos que corre únicamente su pellejo? Por supuesto, ella no! ¿Cómo conservar la calma, cuando de mis determinaciones éticas y políticas depende una comunidad de más de 500 personas?, pero no! siempre es necesario seguir siendo obediente, incluso en este tipo de casos!

Era claro que ella era incapaz de escuchar, de leer y de pensar. Mis mensajes eran para ella cantos de sirena. Y para conservar la cordura, debía seguir amarrada al mástil que le evitara la tentación de escuchar cuentos de terror infundamentados, de una loca que escucha ecos que le llegan de más allá del mar.

Es día recordé algo que en otros momentos he tenido claro, pero que ahora podía sentirlo a flor de piel de nuevo: soy incapaz de admirar a alguien obediente. Incapaz de no cuestionar a aquellos que siguen órdenes sin pensar siquiera si de verdad esas instrucciones se conjugan con sus posturas personales. Es como si no se vieran atravesados por ellas. Porque, mierda, esta es una situación que ninguno de nosotros ha vivido, pero demanda poner encima de la mesa, incluso sobre la visión del "onmipresente" estado, esas cosas que claramente ponen en riesgo lo humano. Pero, estas personas no parecen escuchar esa vos interna que yo siento que me hace preguntas en situaciones como estas y en otras. Ellos la tienen apagada. Por eso parecen escuchar solo voces externas, y en este caso la de cualquier idiota que está más arriba en el organigrama laboral. Sin embargo, me surge la pregunta ¿están dispuestos a asumir las consecuencias de una obediencia ciega?

Estamos en manos de imbéciles! A pequeña y grande escala!

Tantos años creciendo, formándonos y envejeciendo, para seguir dándole el poder de nuestra vida a otros! ¿Cómo pretendemos formar mujeres distintas entonces?

Yo, en cambio, he visto, últimamente, niñas y jóvenes, enarbolar su criterio frente a la posturas conservadoras y atemorizadas del cambio. Las he visto esgrimir sus argumentos y darse batallas políticas, en un mundo que parece no preparado a escucharlas (hasta ahora, ya no sabemos que sigue y ni siquiera sabemos si sigue). Pero ante situaciones como estas ¿cuál es el miedo a poner sobre la bandeja lo que verdaderamente nos importa, si ya no tenemos opción?


Ahora, llevo 5 días en cuarentena y ayer comenzó el toque de queda. Y mientras más pasan los días, las preguntas sobre lo qué es fundamental para mí se recrudecen. He tenido tiempo para rumiar...y esas estoy.



domingo, 8 de marzo de 2020

Descarga

La ciudad es una isla de calor llena de polución.
Fue necesario subir al frío de la montaña, para descargar la pesadez y refrescarme levitando en el fluido vital. 

Hoy cumplo 41

Y me llegaron mensajes increíbles, que conmovieron mi espíritu. Estoy muy agradecida con este camino... ...