Se me hace un nudo en la garganta al pedirle que no se toque el rostro con las manitos y que por favor no se apoye en todo lo que se encuentra, mientras sacamos a los perros a dar la vuelta respectiva. Aunque aclaro que, en este momento no tengo claro si nosotros sacamos a los perros o ellos nos sacan a nosotros.
Tuve que explicarle que por estos días debía cambiar la costumbre de saludar a todos los niños que se encontrara en el camino y que, con mayor razón, no debía despedirse de ellos de beso y abrazo como tenía acostumbrado (mierda, me toca pedirle que se aleje del otro! :( ).
Con el objetivo de cuidarla, cuidarnos (a todos), en estos días debemos jugar adentro. Entonces, los marcadores de tablero ahora sirven para hacer rayuelas en el piso, los vasos desechables son depositarios de pimpones y los closets son los escondites ya que no cabemos debajo de las camas, ni en la lavadora.
No sé cómo enseñarle a crecer a una niña que debe estar encerrada todo el tiempo, ni sé cómo no sentirme mal por el hecho de pedirle que esté alejada de los otros. Estoy aprendiendo esto al mismo tiempo que ella, pero a mí parece dolerme más.
Lo peor de todo es que ella siempre está de buen humor. Parece carecer de crisis existenciales que la angustien y hasta ahora ni siquiera pregunta cuándo va a pasar esto. Solo espera tranquila y amorosamente, el día que pueda salir a correr bajo el cielo sin que 20 minutos sean su límite (ahora legalmente) establecido.
Tengo tanto que aprender de ella...pero también sé que no hay enseñanza, ni aprendizaje sin ese auto-engendramiento que, muchas veces, está atravesado por el "dolor" del parto.
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