No es una queja ni mucho menos, me siento más vital que nunca, pero así, con la misma intensidad con la que siento la vida, siento el paso de cada ciclo.
Nunca antes había sentido la caídas del azúcar, el cansancio exacerbado, el dolor (que a veces parece palpitar) en mis piernas y la necesidad de dormir y dormir.
Lo peor es sentirme pesada, literalmente agotada sin aparente motivo y seguir las rutinas como si nada.
No puedo ser malagradecida, en casa todo es comprensión y mimos, pero fuera de ella tengo que controlar mis ganas de parquear el carro en cualquier berma y quedarme profundamente dormida, tal es el nivel de cansancio.
Mi útero arde, la cabeza me pesa, los senos se hinchan y mis ganas de todo se transforman en ganas de nada.
No sé si sean los años.
Puede ser que el tiempo está transformando mi cuerpo llevándolo de experimentar niveles paroxistas de sensibilidad.
No se nada de nada.
Lo que si tengo claro es que definitivamente me gustaría que el segundo (no el primero) día del mes, pudiese tener la licencia de quedarme en casa, bajo las cobijas, con la licencia para disponerme enteramente a sentir la montaña rusa hormonal con la intensidad con la que la estoy experimentando últimamente.
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