Es la cuarta vez que nominan una experiencia en la que he trabajado y la cuarta vez que gana. Nunca había ido. Me quedaba en casa y me tomaba unos tragos con Leo y mi mamá.
Ayer, por primera vez fui. Éramos muchos y creo que era necesario vernos y reconocer el esfuerzo que demanda esa maratónica labor. Labor de la que siempre nacen preguntas, pero también propuestas. El colectivo me convocó y por fin decidí participar.
No se me vuelve a ocurrir ir. Es el plan más aburridor de la vida. Mucho brillo, show, pantalla y frivolidad. A la gente le gusta tomarse fotos con avisos rimbombantes y contarle a todos que los premiaron. Yo no lo entiendo, me gusta el silencio y la invisibilidad. Y esa es una característica que se ha ido marcando cada vez más con los años.
Reconozco que me gusta participar y que, cuando los evaluadores lo consideran, reconozcan el trabajo, pero eso de ponerme en medio de ese Performance tan cagado no me divierte. No cuestiono que a otros les guste, de hecho, me gusta que lo disfruten, pero no es mi caso y no quiero ni pensar si es entendible o no para mi entorno.
No vuelvo a ir. Me gusta más mi Performance tradicional. Ese de quedarme en familia y si es el caso celebrar con aquellos que me aguantan como esté, mientras me dejor ir por la vida haciendo lo que siento, si importar que eso implique o no reconocimiento. Aunque confieso que, cuando lo hay, me gusta que se sin rostro.