En la casas en las que crecí, amaban las cortinas. A veces, incluso las ponían dobles. No sé si para poder escondernos tras ellas cuando algo pasaba en la calle, para atesorar las vivencias de múltiples matices que sucedían tras los muros o ambas.
Ahora, es posible que mi escaso aprecio por ellas sea una muestra de insolencia y esto puede que se argumente en que la casa en la que habito no ofrece una vista a los ojos de nuestros vecinos porque el dosel de los árboles nos aísla.
Esta relación no sólo se presenta con ellas no también con sus hermanos los Blackouts y las persianas, los cuales dejo reservados para aquellos espacios donde la adorada privacidad puede verse lastimada.
Es cierto que las restrinjo a espacios específicos, pero es que, si puedo, no quiero darme el lujo de dale una bofetada a la luz y al aire que se encuentran al otro lado de la ventana.
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