En los primeros días de enero hace bastante calor y el sol abraza, pero permite caminar sus calles.
Para llegar a ella, los límites de velocidad son de 110km/h y eso, a mí, me pone nerviosa.
En el centro las calles son vivas y se generan conglomeraciones en torno a artistas urbanos animados.
En algunos centros comerciales se ven tiendas de diseñador, pero sus pasillos que, combinan el blanco con el negro en los techos y los marcos de las puertas de las tiendas, me genera algo de saturación mental.
El complejo del metro es eso, complejo. Bastante enorme y con muchas líneas y plataformas. Incluso hay estaciones que tienen varios pisos de líneas ferroviarias.
La población es impresionantemente diversa. Uno aquí no sabe de dónde es la otra persona y catalogar a alguien es un asunto absurdo.
En todas partes se escuchan múltiples lenguas y se aprecian iglesias de infinidad de religiones.
Nosotros nos quedamos en un barrio de población china y entender qué ofrecen sólo leyendo sus carteles es imposible.
Volveremos a Melbourne mañana. Con el corazón contento y agradecido por poder semejante metrópolis.
Tendremos ocho días más para, en calma, terminar nuestra visita al pedazo de corazón que tenemos en estas tierras australes.
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