miércoles, 24 de abril de 2013

Lluvia de abril




Estos días, por cuestiones de desempleo, ando con mucho tiempo libre. Con mucho tiempo para mí. Con tiempo para leer. Con tiempo para dejar pasar el tiempo y dejar que el silencio se apropie del espacio. Con tiempo para cocinar. Con tiempo para dormir. Con tiempo para pensar. Con tiempo para mirar las nubes..ahhhhh!!…con tiempo para mirar las nubes. Con tiempo para verlas moverse por el cielo algunas veces rápido y otras veces lento. En ocasiones con tiempo para verlas amontonarse como bolas de helado que dejan pasar algunos cuantos rayos de luz al atardecer. Y he tenido tiempo para abstraerme y observar cuando el ambiente permite que se generen esos instantes íntimos en los que se recarga mi energía y que hacen que vibren esas filigranas delgadas, minúsculas y profundamente mías… es el tiempo en el que las nubes se a tornan grises y el aire se impregna de agua. Cuando la lluvia se hace inminente.
En estos días, y por cuestiones de desempleo, ando con mucho tiempo libre. Con tiempo para mí. Con tiempo para oler el aire y mirar al cielo. Y cuando va a llover salgo a caminar. Sola, sin sombrilla. Expectante de sentir como caen las primeras gotas, de sentir como el asfalto comienza a desprender ese olor a asfalto mojado húmedo y la hierba desprende ese olor a hierba mojada. Entonces el color de las calles se vuelve más oscuro, y la gente se refugia en sus casas dejando la calle solo para mí y para mi henchida felicidad.
En estos días he tenido tiempo para sentir la cortina de nubes de abril que siguen al sol después del equinoccio. Todas las tardes el cielo se torna gris y mi felicidad comienza a crecer. Después de mucho  tiempo, tengo tiempo para salir a caminar y sentir de nuevo la lluvia caer sobre mi cuerpo. Nadie me espera, no tengo afán de estar en ningún lado y al llegar a casa la ropa mojada deja de ser un problema.
Ayer, mientras escuchábamos caer la lluvia, mi madre recordaba como mi hermano menor y yo teníamos el ritual de quedarnos bajo la lluvia cuando éramos niños. Corríamos, saltábamos y en medio de sonrisas dejábamos que el agua se nos metiera entre la ropa. Es inexplicable, siempre ha hecho parte de mí.
Ahora es tarde, y las nubes han empezado a tornarse grises, ya viene la lluvia, debo salir a caminar.

martes, 23 de abril de 2013

Walking together


Después de 3 meses de planeación y espera por fin losjuimosjueputa! Y como todos los viajes tienen un comienzo debo tratar de plasmarlo comenzando, tradicionalmente, por el principio. Leo y yo llegamos temprano al aeropuerto Jesús María Córdoba en Rionegro, y comenzamos a hacer la fila para el Check in. Stephie, Carlotta y Wilmar llegaron un poco más tarde debido a que se vararon en el camino.

El vuelo tardó media hora adicional porque el cielo en Bogotá estaba nublado y eso afectaría nuestro arribo. El segundo vuelo con rumbo a Santa Martha se retrasó 1 hora así que tuvimos tiempo de sobra para mirarnos las caras y de paso las de los demás viajeros que estaban en la sala de espera. Ya en Santa Marta sólo fue necesario salir del avión para que sintiéramos un violento choque de calor que nos acompañaría buena parte del viaje. Nos quedamos en un apartamento a media cuadra del Rodadero. Allí pasamos 3 días, tiempo que literalmente empleamos para relajarnos, escuchar mucha música, hacer silencio, mirar las personas que pasaban, caminar por la playa, mirar el cielo y tomar muuuucchhha cerveeezzaaa!!

Espacios sencillos y llenos de familiaridad comenzaron a ocupar nuestros días. La sensación hermosa de conocer nuevas personas que vienen cargadas de historia, cargadas de vida, hacen que tu rutina se transforme. Con la interacción comenzaron a llegar sorpresas y la primera para mí fue a través de una novedosa osadía para abrirme paso torpe y abrupto para el diálogo en inglés. No fue difícil olvidar la pena, hablar y sentir la imposibilidad de comunicarme. Pero el que quiere puede y yo creía que, aunque torpemente, me hacía entender. La primera noche tomamos cerveza en el balcón hasta el cansancio. Bailamos, reímos y comimos hasta que el cansancio nos envió a la cama. El segundo día fue el día de la locha libre!!! Y el tercero nos llevó a Playa Cristales, lugar al que para llegar es necesario atravesar en una panga diminuta que sale desde Taganga, trayecto en el que el mar es super violento y en una ocasión hasta estuvimos a punto de volcarnos. 

Stephie rió con nerviosismo todo el tiempo y para amainar sus nervios tomamos cerveza llena de goticas de agua salada que saltaban constantemente sobre nosotros y obviamente sobre la lata de cerveza. Fue un lugar increíble de playas solitarias y aguas cristalinas llenas de vida. 
El cuarto día nos levantamos temprano, preparamos los equipajes y salimos del apartamento. Fue un viaje larguísimo a través de lo que para mí fue tooooda la ciudad. Al dejarla atrás estuve pensando mucho en ella. Es una ciudad desordenada donde la recolección de basuras no parece ser muy eficiente, la gente no parece preguntarse por el destino de los dineros públicos y la inversión en la infraestructura en poco evidente. La señalización de las calles no existe y la gente no parece pensar en eso…pero después de mucho ver peros me sobrevino la pregunta: ¿Qué hago yo para que en mi ciudad la historia sea diferente? Y con la pregunta vinieron miles de justificaciones a las que mi conciencia no cedió. La pregunta me acompañaría hasta muchos días después del viaje. 
Ese día llegamos hasta el Tayrona, pero en el trayecto hasta allá el bus se varó dos veces, tiempo en el que Stephie y yo salímos a fumar y huyendo del calor del bus. Es muy raro pero esa carretera me producía un miedo raro. Una zozobra inexplicable que me llevaba pronto a buscar refugio de nuevo en el caluroso bus.
Al llegar al Tayrona decidimos quedarnos en el segundo campamento, Cabo San Juan del Guía al que llegamos luego de 2 horas de camino a pie bordeando el mar. Tiempo en el hermosos paisajes se abrieron ante nosotros…debo dar gracias a la vida por permitirme ver aquello


Llegamos casi al anochecer y montamos carpa en casi una hora!! esto por ser una carpa desconocida para nosotros, por la forma el que se forra así misma en su sobrecarpa y de paso por no tener luz para reconocerla. Finalmente fue buena nuestra terquedad de armarla completa. 
Al terminar de organizar el campamento, Leo y yo fuimos a comprar algo de comida y luego fuimos a la playa a escuchar las olas llegar y sentir la brisa que llegaba a a la costa. Todo era muy oscuro y por ello a duras penas adivinábamos la cercanía del otro gracias a las palabras. Tuvimos una de esas conversaciones deliciosas que me hacen sentirlo cerca y que  me hacen agradecer al universo su presencia en mi vida. Hablamos del hecho de sentir la energía de la gente, sobre las ocupaciones y preocupaciones que el sistema nos impone y la forma sumisa en la que las aceptamos. Esgrimimos argumentos sobre por qué estamos siempre con la necesidad de seguir indicaciones de la iglesia o la publicidad y el mercado. Hablamos sobre la veracidad de las supuestas resistencias que creemos encarnar y sobre la eficiencia de nuestro auto-cuestionamiento y nuestra capacidad para conectarnos con nosotros mismos. Hablamos de mi labor docente y sobre mi falta de fe en torno a  innumerables aristas de un sistema educativo en el que ya no creo, debido a sus propósitos homogenizantes arrasadores. En esos días mi fe estaba hundiéndose con el mundo. Esa Noche llovió a torrentes y por eso agradecimos a nuestra terquedad de armar a oscuras la carpa con todas las de la ley. El agua jamás nos tocó y gracias a ello dormimos secos aunque absortos en nuestros pensamientos, escuchando el arrullo del agua y del mar en medio de la tormenta.
Al día siguiente fuimos a la playa nudista. Un lugar donde pudimos bañarnos en el mar sin trapitos, toditos de cuerpo al sol. Allí el viento se llevó cualquier tapujo, vergüenza y uno que otro temor al escarnio público o a que, como dice Mafalda:  la fuerza pública nos llevara presos por salir a la calle sin vestido. Delicioso lapso de desnudes!
Ese día dormimos temprano gracias a un amague de lluvia que vimos en las nubes y que sentimos inocentemente en el ambiente. Esa madrugada desperté por el llamado insistente de Wilmar insistiéndo que saliéramos de la carpa porque acababa de ingresar un cangrejo. Salimos de inmediato para darnos cuenta de que en efecto un hermoso cangrejo azul y enorme se hallaba en medio de nuestras cobijas. Me temo que no fuimos conscientes de que armamos la carpa sobre su casa…lamenté mucho nuestro descuido. En la mañana empacamos nuestros morrales y salimos del parque. Fue una caminata hermosa en la que recorrimos parajes que no habíamos atravesado antes. Siempre en silencio…observando y agradeciendo por la fortuna de apreciar semejante cantidad de vida junta. Sencillamente hermoso!!
Retornamos a Santa Marta y nos hospedamos en un hotel en el que pasamos la tarde y del que salimos en horas de la noche rumbo a la terminal. La pregunta sobre el ejercicio de mi ciudadanía volvió a taladrar mi  cerebro, cuestionamiento que ahora reflexiono a la luz de un juzgamiento que Settembrini hace a Hans Castorp en la Montaña mágica: “(…)quien se acostumbra a formular críticas fácilmente acaba perdiendo contacto con la vida, con la forma de vida para la que ha nacido (…)” Quedo abierta al cuestionamiento, la observación  y la necesidad de acción.
Llegamos a Bucaramanga a eso de las 6:30am y de allí partimos rápidamente hacia San Gil y allí nos encontramos con una enorme oferta de actividades que demandaban dosis enormes de energía y adrenalina y como buenos aguafiestas que solo tienen ganas de tranquilidad corrimos a refugiarnos a Barichara, un pueblo a 30 minutos de allí.

Aquel es un pueblo hermoso, tranquilo, colonial y sospechosamente tranquilo. Esto lo digo porque en esos días desconocía cualquier asunto referente a lo social, histórico o político del lugar.  Escogimos un hotel a las afueras del pueblo, un lugar hermoso en que sólo estábamos alojados nosotros. Esa noche fue una noche de cerveza, mucha conversación, música y una que otra canción que unía nuestras voces desacompasadas. Dormimos tranquilos en medio de una noche de leyenda. Era el día que la humanidad tanto esperaba para presenciar el fin del mundo, pero nosotros dormimos con tranquilidad.
Al día siguiente después de comprar algunos suvenires al llegar al hotel Wilmar me guió hasta un sendero trazado con pétalos de flores amarillas. Seguí el sendero con la mirada y vi que al final me esperaba Leo acompañado por un trío de cuerdas que entonaba una serenata que inmediatamente me remitió las noches en las que escuchaba cantar a mis abuelos paternos música tradicional colombiana. Dudé un momento y Wil me dijo que debía avanzar. En medio del camino comencé a encontrarme con fotos de amigos, de nuestras familias y de nosotros. Pude ver pasar un buen tramo de mi vida ante mis ojos. Finalmente me encontré con él extasiada por semejante sorpresa, pero le dije que no estaba cumpliendo años. Entonces él se arrodilló y me pidió que me casara con él (…). Esa noche dormí tranquila y expectante. Mañana el sol brillaría de nuevo, una nueva promesa me invitaba a esperarlo con ojos distintos.
Al día siguiente partimos rumbo a Medellín, con la promesa de vivir navidad en un ambiente más hogareño. Fue un viaje largo y tranquilo, que me permitió pensar mucho, cuestionar mucho y pensar en formas de acción, participación y decisión. 


 Debo agradecer al cosmos, a la vida… y debo seguir teniendo cuidado con las cosas que deseo, pues la vida me ha mostrado que siempre que deseo algo de corazón las cosas llegan.

Hoy cumplo 41

Y me llegaron mensajes increíbles, que conmovieron mi espíritu. Estoy muy agradecida con este camino... ...