sábado, 24 de octubre de 2020

Al volante

Hace 3 semanas estuvimos de nuevo en Cali. Tomar de nuevo el rumbo y meternos en la carretera pone mi nivel de estrés a tope. Me pongo irascible e intolerante y la persona que va al volante me sufre todo el tiempo. 

Para este viaje tenía el propósito de comenzar a trabajar ese miedo exacerbado y a tratar de poner todo mi empeño en volver a mirar desprevenida el paisaje para dejar que quién esté manejando se encargue de lo que le toca.

En el camino de ida, la fracción de camino de la Feliza en el departamento de Caldas hizo que se nos hiciera tarde. Y uno de los arranques de exceso de confianza de Leo hicieron que me atreviera a tomar el volante de nuevo. Llevaba aproximadamente dos años sin hacerlo. Fue así como conduje entre Pereira y Buga la Grande. La escaces de luz me obligó de nuevo al asiento de copiloto pero algo había cambiado en mí durante ese trayecto.

Solo volver a confiar, reaprender a soltar, a dejar que cada momento me pusiera en el trabajo de decidir tranquila cada movimiento. Solo mirar a mi miedo a los ojos me ayudó a encontrar la calma. Con el dolor me pasa lo contrario, enfocarme en él solo me llama a verlo más grande.

Llegamos a la capital del Valle a eso de las 12:30, felices y con ganas de dar ese abrazo que estuvimos esperando toda esta pandemia.
Pasamos una semana amorosa y llena de afecto.

De regreso, pude volver a mirar desprevenidamente el paisaje. Mi miedo había comenzado a abandonarme. 

Tramo entre Manizales y Pereira.

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