Anna y yo tuvimos que desconectar todo aquello que dependía del flujo eléctrico. Luego nos metimos en la cama y nos arropamos, pero no corrimos la cortina para poder seguir viendo, inermes, cómo se comportaba aquella tormenta.
Durante todo el año hemos estado viendo especiales sobre meteorología en los que hacemos seguimiento mensual a hechos ocasionados por fuerzas terrestres que, sumados el actual virus invisible,nos recuerdan nuestra vulnerabilidad: huracanes, lluvias torrenciales, inundaciones, erupciones volcánicas, nevadas tempranas, entre otros.
No he sido capaz de negarme a la posibilidad de ver eso con ella. No puedo negarle ver, desde ya, la compleja dinámica terrestre.
Durante la tormenta ella estuvo calmada pero con la claridad de que no estamos exentos de nada, de que las garantías no existen, de que ser mortales es una de nuestras condiciones vitales.
Sin embargo yo sabía que su miedo, aparentemente ausente, estaba ahí. Tampoco podía quitárselo. No sé si en mayor o menor escala yo también lo sentía.
Está tarde en silencio pudimos acompañarnos, ver y escuchar los rayos constantes y cercanos, la lluvia torrencial que oscurecía el cielo de la tarde, sentirnos vulnerables y frágiles, pero juntas.
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