Estos días he estado completamente aperezada.
Me ha costado mucho volver a trabajar porque siento que yo misma cargo con una atmósfera enrarecida. Hay algo que no me deja estar completamente tranquila y creo que hay una resistencia en mí a ver a los ojos lo que me tiene así.
Quiero contar qué me pasa, porque que sé estoy muy abrumada y tengo plena claridad de que es el doctorado el causante de mi angustia, pero fundamentalmente debo reconocerme que ahora SI estoy angustiada, angustiada como nunca antes había estado durante todo este proceso.
Pero voy a contar la historia desde el principio, para no seguir dándole largas, porque llevo en esto de escribir al respecto hace varios días, pero hoy ya me resulta incontenible.
Yo nunca rayé los libros, siempre fueron un templo sagrado con el que me vinculada desde la escritura que hacía por fuera y asumí que la escritura, sobre todo en este blog, debía ser desde la distancia. Nunca hablando de lo que me preocupa, de mi posición política, ni desde mi postura religiosa. Pero de un momento a otro eso comenzó a cambiar. Mis borradores comenzaron a tener algunos tintes reflexivos en tonos filosóficos y comencé a rayar los "templos", estaba siendo una apostata de mi propia convicción. Por esos días Leo, Anna y yo, hicimos un paseo con Eline y Marcelo a Boyacá. Nos fuimos en su carro nuevo "la nube" y juntos atravesamos lugares increíbles. Lugares que nos arrebataron el aliento, lugares que nos hicieron vomitar unos "WOWWWW" sentidos y espontáneos de formas fluidas y inesperadas. Fue en uno de esos parajes, en una casita en las lomas de Monguí que Leo me invitó a dejarme ir a través de mis preguntas. Me pidió que revisara en esos rayones de los libros lo que me preocupaba y que hiciera de eso un tema de investigación, porque llevaba tiempo en eso, me invitó a que hiciera un doctorado.
Al llegar a casa me dispuse a revisar y me di cuenta que había una eje conductor en mis cavilaciones y que en efecto había una pregunta. Tenía la materia prima para comenzar a construir una investigación. A pesar de que tenía la materia prima yo me resistía a comenzarlo, justo por esos miedos que nos inculcan cuando nos dicen que es un proceso dificil, que arriesga la salud mental y los lazos familiares por el marasmo emocional y conceptual en el que uno termina metido.
Por esos días tuve, en Valhala, una conversación con Hilderman, quien me dijo que mi preocupación era un concepto que no se había involucrado en mi área de conocimiento, un concepto de filosofía política que no habia entrado en conversación con las ciencias ni con su enseñanza: la Dimensión Estética del conocimiento. Entonces tuve que ponerme a buscar y allí estaba, eso era lo que me preocupaba y no había ninguna reflexión al respecto en ningún lado. Como consecuencia de ese encuentro y de mis búsquedas la red que conceptos de la tesis estaba tejida.
Comencé a buscar asesor y un señor de Filosofía me dijo que estaba dispuesto: Jorge Antonio Mejía. Pero fruto de las lecturas y de conocidos/as del instituto de filosofía, me decían que mejor no me metiera en ámbitos tan desonocidos para mí, que eso me iba a implicar un esfuerzo mayor, por tener que comenzar de la nada un lenguaje en el que yo era una neófita.
Entonces me presenté al doctorado en educación y fui admitida. Nunca me hicieron la pregunta sobre dónde estaba la novedad del tema. Nunca me dijieron que esa no era la temática de una tesis. Solo entré y hasta hubo varias discertaciones sobre quién debía ser mi asesor, pero ese ya lo había escogido yo. Lo escogí porque sentía que me dejaría hacer mi proceso sin meterse mucho, no sé si porque creía que no tenía los sificientes argumentos para confrontarme o porque sabía que solo sería prudente y me dejaría hacer lo que yo sientiera que debía y esa era mi mayor preocupación.
El doctorado fue increíblemente tranquilo. Nada de lo que me habían dicho. Fue un proceso lento, hecho a consciencia, que más que centrarse en el atributo del título lo enfoqué en entender las transformaciones que sucedían conmigo. Fue un camino espiritual que pasó por muchas facetas, las cuales sé que no he terminado de atravesar, pero que ya siento en sus fases finales. En este proceso tuve que aprender muchas cosas, sobre todo a movilizarme yo misma, a disponerme a aprender cosas que nada tienen que ver con lo conceptual, sino cosas que ponían en juego mi propio espíritu y en la balanza mis preocupaciones vitales. Estas son algunas de ellas:
La primera fue darme cuenta de que, en efecto, mi tema era un tema muy estéril para muchas personas pero para mí era completamente saboreable. Mi preocupación era epistémica y estaba centrada en la emergencia de la subjetividad, la que solo es posible de ver cuando se pone en relieve el componente estético. No como un asunto ligado a lo bello desde lo netamente sensorial, sino como parte de un escenario en el que lo sensible y lo racional debían considerados como elementos importantes en la toma de decisiones desde un enfoque horizontal y no jerarquíco. Entonces, poder poner sobre la mesa mi preocupación, fue un asunto que nadie parecía querer discutir y por eso aprendí lentamente a empoderarme de la idea y a fortalecerla a pesar de que a mucha gente le aburría o no lo consideraba importante.
La segunda fue aprender a lidiar con la presión, a tomar aire y a esperar a que el tiempo, en articulación con mis elaboraciones fuese trayendo respuestas o elementos para construirlas. Me di cuenta que presionar y desesperarme no me ayudaría en nada a construir amorosamente, que era lo único que tenía planeado.
La tercera fue a leer mis emociones y con esa herramienta ayudar a mi circulo más cercano a acompañarme mientras era capaz de hilvanar los posibles nudos que pusieran en riesgo mi salud mental. Aprendí entonces a leerme amorosamente sin creer que debía tener el control ni las respuestas de nada. Tuve que sensibilizarme frente al ejercicio de hacer cuando tenía las cosas claras, a comunicar cuando estaba abrumada y a expresar cuando todo en mi cabeza era un caos. Cuando hacía eso podía sumergirme en el silencio y aquietada podía sentir los ritmos, filigranas y sentidos que mi brújula marcaba para seguir el camino.
La cuarta fue a entender algunos propósitos vitales, que sin saber ya sabía. Uno de ellos fue sentir que una elaboración como estas me ponía en la esfera publica y me hacía visible. Todos leemos esto de forma diferente, pero mi preocupación y tendencia siempre fue la invisibilidad. Aprendí que amo no ser reconocida ni etiquetada y que, apesar de que esta construcción lo posibilita, hay canchas en las que no quiero jugar. Ese puede ser el objetivo para muchas personas, pero no para mí y entenderlo me hace sentir el poder que tengo de decidir: qué y como quiero jugar.
La quinta y última, por ahora, es sentir el poder del acompañamiento de las personas. Sin querer queriendo, este fue un proceso que muchas personas acompañaron: primero mi familia. Todos, adultos y niños, se dispusieron a entender sin cuestionar mis estados de ánimo, la manifestación de mis preguntas, de mis monólogos interminables y la conexión que establecía entre todos los temas y la tesis. Mis compañeros del colegio, quienes se dispusieron de muchas maneras a acompañar mi tejido, entendieron que debía estar de forma intermitende y dejar de aportar, me compartieron sus historias de vida, me dejaron aislarme sin juzgar y hasta se prestaron a llenar de color mis ilustraciones. Y mis amigos...los de brazos dispuestos, sonrisas infititas y copas llenas, siempre me dejaron decir y dejar salir lo que fuese que tuviera que soltar o amarrar.
Todo ese acompañamiento hizo de mi proceso una historia bella, de muchas preguntas, de miles de cavilaciones y de muchos vaivenes que a veces me dejaban sin piso y me hacían sentir sola y abrumada. Pero también sabía que sentirme así era parte del proceso. Como si fuese una crisálida a la que hay que dejar quieta para que la transformación pueda operar.
También debo tener presente que en este camino hubo un momento en particular que me resultó realmente doloroso: fue la pasantía. Estuve casi un mes en Arica, una ciudad al norte de Chile que me permitió conocer personas increíbles, que me acogieron como en casa y que me abrieron las puertas de sus casas, me contaron sus historias y a través de ellas me permitieron vislubrar sus construcciones de pensamiento. Fue un lugar en el que pude sentir que la fuerza de la tierra no es la misma en todas partes y pude darme cuenta de que no quería sentir esas fuerzas, tan abrumadoras para mí, lejos de mi famila y entender eso me generó, literalmente, dolor y miedo.
Ahora estoy en el límite de tiempo. Los evaluadores están en tiempo de entregar las devoluciones y yo he estado sintiendo una tensa calma que no me deja leerme tranquila y fluida, como sé que puedo estar. Hay algo que me tensa. Estoy en el ojo del huracán y yo juraba que esto no me afectaba para nada. Pero heme aquí, mirando el correo de la universidad muchas veces al día y sintiendo mi cabeza embotada porque no puedo descansar como se debe. Algo ocupa mi cabeza y aunque hago el esfuerzo de estar "presente" y de dejar de pensar, cosa que normalmente no se me dificulta, pero no llego a ese punto de la nada, en el que logro sentir la chispa de la vida sin que nada me arrebate esa sensación de sosiego ininterrumpido y fluido.
Vuelve y juega la necesidad de dejar que el tiempo vaya trayendo las respuestas. Pero tengo miedo, porque siento que han sido muchos dias de trabajo y esfuerzo. Por eso me siento aquí, sola e inerme. Sola, con la tarea de ejercer esa espera paciente de la llegada de señales de humo, esas que traen mensajes del otro lado, de esas que conversen conmigo sobre lo que me ha ocupado tanto tiempo, energía y amor.
Últimamente he soñado mucho, que me peinan el cabello y que me quitan cabello que no me sirve, que estoy en lugares donde están generando limpiezas y que sacan mugre de lugares míos que no sabía que estaban sucios...que se están metiendo en lugares personales a los que no he dejado entrar a nadie. Es un síntoma de que me están leyendo, puedo sentirlo y eso me desconfigura.
Por eso estoy abrumada y sigo esperando. Pero solo reconocer mi miedo y manifestarlo ha permitido que las lágrimas fluyan, llevándose algo del peso, ese que no sabía que llevaba.
Necesitaba que este líquido fluyera. Solo el dejar que estas gotas saladas salgan de mí reconociendo que son fruto de una espera angustiosa, me está trayendo alivio.