Salir fue todo un reto para mí. Sabía que estaba rompiendo algo y por eso había miedo. La claridad de que nunca había volado mucho tiempo y que este sería un viaje de casi 14 horas sobre el océano Antártico. Tuve que apelar a mis habilidades para meditar y desconectarme, respirar de manera consciente y, por encima de todo, sostenerme en mis ganas de ver a mi hermano, sin importar que tan lejos tuviese que ir para verlo.
Lentamente fui hayando sociego y pude comenzar a disfrutar el viaje e incluso a dormir, cosa que nunca había hecho en un avión.
En los momentos en los que mi sueño se interrumpía pude mirar por la ventana del avión y ver cómo se veían rastros de la luz del sol.
Una hora después el cielo se había oscurecido y unas tazas rojas comenzaron a teñir el cielo.
Lentamente salió la luna, un cuerpo que se veía rojo incandescente en medio de un mar de oscuridad.
Fue tan hermoso y místico. Podía sentir un silencio que me llenaba el alma, tanto como sabía que afuera todo era oscuridad y silencio.
Jamás había visto algo así. Fue sublime, misterioso y mágico. Me siento abrumadoramente agradecida.
No hay comentarios:
Publicar un comentario