Lloró muchísimo rato.
Su llanto era doloroso y sentido.
Mamá solo podía recordarle que en la última ida al aeropuerto, lloramos juntos al despedir a un hermano del alma que ahora vive al norte, más allá del mar. Todo el camino de regreso a casa, entre lágrimas, deseó ser quien atravesara las puertas de migración. Ahora, tal y como lo soñó, es su turno. Pero para poder hacerlo debe despedirse algunos días de su tierra, de los seres y de las cosas que forman parte de nuestra cotidianidad. Le dije que para poder viajar siempre hay algo a lo que debemos soltar, así sea por un breve lapso. Como una especie de muerte espacial temporal.
Ayer mi niña, comenzó a experimentar, con toda su sensibilidad, lo que implica partir.
Lloró hasta quedarse dormida y yo, como su madre, no pude ahorrarle el dolor. Sólo pude acostarme a su lado, e inerme, acompañarla a sentirlo.
En la madrugada, los perros se fueron con mi mamá rumbo al corazón del valle. Pronto tomaremos rumbo a 14600 kilómetros de casa. Anna sigue triste.
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